lunes, mayo 07, 2012

Amor es gran laberinto...

para más de alguno




Para cualquiera que le tiene estima a un amigo/a sabe que es doloroso verlo sufrir cuando su relación de pareja termina. Algunos buscan culpables, otros analizan la incompatibilidad de caracteres, los comunes suelen abrazar la causa de uno de los involucrados dando por hecho que el mejor consejo es decirle que “el otro/la otra” son unos desgraciados que no la/lo valoran. Todos creemos dar el soporte correcto, adecuado, y en realidad muchas veces somos un receptáculo de lágrimas, culpas, heridas, dolores que se resolverán (o deberían) con tiempo, disociación, distancia y mucha sabiduría.


Joaquín Sabina en su sapiencia dice “amor es solo un juego donde un par de ciegos juegan a hacerse daño”. Hay casos, pues, en los que no deja de tener razón. Puesto que si una relación empieza a girar sobre quién tira más de la cuerda, ambos quedarán extenuados de tanto amor, agotados de peleas inútiles, de atrincheramientos, en donde para los ojos de los demás: uno cede y el otro jode, o viceversa. Tal vez, ni siquiera los involucrados adoloridos y sufrientes tengan la valentía real de tomar distancia, y a pesar del amor enorme que puede existir: romper el vínculo que los intoxica y que puede llevarlos a un puerto aún más grande de sufrimiento. Un puerto del que es mejor alejarse antes de ahogarse en un mar tenebroso del que tal vez se enreden con la furia, la ira, la intransigencia y la falta de respeto.



El amor es pues un laberinto, donde tal vez dentro exista un Minotauro que no sabe qué hacer más de devorar a sus víctimas, o una Ariadna que nos dé el cabo de una madeja para entrar y salir victoriosos.

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