lunes, septiembre 15, 2014

Cadenas, retos y literatura

Estoy haciendo, hace meses atrás, una dieta complicada. He recortado a la mínima expresión mi consumo de Facebook.  Me siento ligera de equipaje. Es personal, es como tener el colesterol alto y dejar de consumir tanta grasa.

Pero resulta que llamó mi atención una cadena/reto vinculados a tirarse un balde de hielo y etcétera. La brújula se rompió, el objetivo del asunto –en mi humilde opinión- se convirtió en joda más que en compromiso.

A la fecha me han llegado tres retos/cadenas. Y desde ya les digo a los retadores que no voy a poner la información en mi muro desafiando a otros. Me reservo este derecho. Mi amiga Elena (retada al igual que yo) diría: no tengo tiempo para cojudeces. Sincera.

Yo tomo ese tiempo para realizar una reflexión al respecto.  

Empecemos por la definición literal de la palabra reto: a) provocación o citación al duelo o desafío. b) acción de amenazar. c) objetivo o empeño difícil de llevar a cabo, y que constituye por ello un estímulo y un desafío para quien lo afronta.

A ver… 
¿Es un desafío? No creo.
¿Me está amenazando? No creo.
¿Es difícil de hacer? No creo.

Buscamos, entonces, ¿compartir lo bueno que nos pasa, lo bueno que tenemos, las frases altruistas que conforman nuestro “ventiuncálogo” (7 x 3) particular? Chévere, felicito y me congratulo con las personas que las tienen a mano o efectivamente, como diría Elena: tienen tiempo para hacerlo (ahí no más lo dejo). Válido también que tengan la intención de poner cosas lindas en el Fcb porque ya a veces, se llena de críticas, malas vibrar, competencias soterradas (cito a otra amiga), stockeadas maleadas (cito a un alumno) y bla, bla, bla. Pero al final del día uno es dueño de su muro y cuelga lo que le da su reverenda gana.

Y ahora ¿a dónde voy con todo esto? A un punto concreto. Hay un desafío –obviando la definición del DRAE- que me gustó, y después de algunos días tomé la decisión de contestarlo a mi manera. Me pidieron una lista de los libros que pudiera vincular con   el  alma, el amor, la amistad, la reflexión y el refugio. No es un decálogo como contemplaba el desafío, mejor es una docena. Igual me quedo corta.
  • ·         Ana Karenina (León Tolstoi)
  • ·         Los miserables (Víctor Hugo)
  • ·         Inventario (Mario Benedetti)
  • ·         La soledad de los números primos (Paolo Giordano)
  • ·         El amor en los tiempos del cólera (Gabriel García Márquez)
  • ·         Conversación en La Catedral (Mario Vargas Llosa)
  • ·         Edipo Rey (Sófocles)
  • ·         La invención del amor (José Ovejero)
  • ·         El corazón del tártaro (Rosa Montero)
  • ·         Sonetos (Garcilaso de la Vega)
  • ·         La vida es sueño (Calderón de la Barca)


No hay Facebook, directamente. He hecho un giro. No desafío a nadie. Solo sugiero que, quien lea este post, piense en algún libro que le tocó la fibra.


Chau.

miércoles, septiembre 10, 2014

Era ayer, y yo me acuerdo

Cuando nosotros éramos niños y espero que en el “nosotros” se incluyan muchos lectores, soñábamos con ser grandes. Ser grandes era señal de independencia, libertad, tener la sartén por el mango. En pocas palabras, poder hacer lo que nos daba la gana.

Creo que teníamos una ligera conciencia de que además, implicaba asumir ciertas responsabilidades puesto que del tipo de vida que habíamos llevado de niños crecíamos con algunas herramientas valiosas. Pedir permiso, respetar a nuestros padres, estudiar para pasar el año (aunque fuese raspando), estudiar al menos mes y medio en el verano si no pasabas, meternos en algún taller de vacaciones útiles, entre los que recuerdo. Un conjunto básico de muestras de responsabilidad que te obligaban (a veces a la fuerza) a asumir ciertos compromisos. En resumen, algunas pinceladas de preparación para la adultez.

Cuando los años iban pasando, muchos padres iban soltando ciertas amarras, permisos. Llegar un más tarde, quedarnos a dormir en casa de amigos, tomar el bussing solos, fumar. La lista puede ser larga, despendía en todo caso del estilo de crianza y nuestro comportamiento.

Jugábamos a romper las reglas, quién no. Jugábamos a tensar la cuerda, quién no. Jugábamos a subir la hora de llegada. Jugábamos, discutíamos, gritábamos, tirábamos puertas; sin embargo, sabíamos perfectamente que un NO era un NO, y que si levantábamos la voz más de lo acostumbrado algo perderíamos en el camino o cargaríamos con las consecuencias.

Queríamos ser grandes, liberarnos. Queríamos ser dueños de nuestras propias vidas. Eso quería yo, al menos, cuando era niña y más cuando fui adolescente. Cuando cumplí 18 años, seguía queriendo lo mismo y recién cuando empecé a ganar mi propio dinero pude “sentir”, realmente “sentir” que la independencia era algo más que hacer lo que me diera la gana.

No sé en qué momento dejé de ser adolescente para convertirme en adulto, supongo que esa línea difusa fue formándose de a pocos, pero fue duro. Fue una lucha dolorosa. Recuerdo algunas esporádicas peleas con mi madre, lágrimas, palabras mal dichas, frustración y euforia. Nada grave, no por ello menos doloroso.

Hoy, en pleno siglo XXI, vivimos una diaria contradicción. Los niños de once años aún no quieren ser como su mamá, quieren ser como su prima X que la pasa “chévere”; no le encanta jugar xaxes, quiere maquillarse, hacerse la Keratina, entre otras miles de actividades típicas de la adolescencia actual. Obviamente quien tiene Facebook publica parte de sus logros, sus viajes, sus gustos, mil detalles de su vida personal (e íntima).

Est@ niñ@ de once años, se le plantará a los papás, le dirán lo que quiere, cuándo lo quiere y cómo lo quiere. Reclamará cómodamente, conchudamente que “le llega esperar” y que “mejor vamos porque estoy abrumado@”. 

Dramatizará con todo el disfuerzo loco imitar formas de hablar: “ay oye”, “fácil que…”, “de la nada…”, “…qué te pescaste el fin de semana”. Verá algún reality con devoción porque le encantaría participar o tener el propio y le parecerá mostro, que “un murciélago sea un conjunto se islas”. 

miércoles, septiembre 03, 2014

Saber decir NO

No sé si es nuestra sociedad, nuestra idiosincrasia peruana o qué. Pero lo cierto es que seguimos teniendo miedo a decir que no. Ojo, no tiene nada que ver con quejarnos cuando nos mandan a hacer algo que se contempla dentro de nuestras responsabilidades y aunque nos disguste, carezcamos de tiempo tenemos que hacerlo.

Decir NO, es simplemente dar un mensaje directo. No quiero hacerlo, no puedo hacerlo, no es correcto hacerlo, no me provoca hacerlo, no debo hacerlo, y todas las variaciones que ustedes puedan crear. Tenemos miedo a que el receptor de nuestro mensaje se enoje o se sienta defraudado.  

Es más fácil decir sí que no. Es fácil hacernos querer, porque la gente dirá que siempre estás dispuesto, que “no sabes decir que no”.

Peor es cuando decimos no frente a una invitación. No tengo ganas de salir, pero buscamos excusas de cualquier tipo para evitar ofender. ¿Por qué tendría que ofenderse alguien si le dices la verdad con cortesía? Sin embargo es lo que vivimos en el día a día.

Cada vez que he visto alguna situación (mía o ajena) en la que se exprese la negativa de hacer o continuar haciendo algo, termina mal. Hay un ofendido, hasta se puede perder el saludo del involucrado. Como dice una amiga: “fui expulsada del reino por decirle a X que ya NO iba a poder ayudarla más, me condenaron al destierro social”. Solo me quedó aplaudir su decisión y confirmar la estrechez mental de ciertos individuos.

Igualmente, a veces decir no, es justamente la respuesta contraria que espera el que requiere: espera un SI, un tajante POR SUPUESTO. El "no" a pesar de ir acompañado de un argumento lógico y razonable le cae como balde de agua helada y se desilusiona al escucharlo. Se puede enceguecer y obnubilar tanto que es incapaz de analizar las razones reales y hasta sanas de la respuesta. 


Es cierto, es difícil recibir un NO. Pero hay que entender que en varios casos recibir un SI sería contraproducente y jugarnos en contra. Revisar razones, revisar argumentos, revisar coyunturas, nos guste o no. Tenemos que aprender a escuchar esa palabra, tenemos que aprender a decirla. 

martes, agosto 26, 2014

La culpa la tiene el micro ondas

¿Cuándo ha sido la última vez que hemos esperado pacientemente por algo? ¿es la inquietud que produce la impaciencia la que nos crea una angustia? ¿es la espera un espacio desperdiciado?

¡Mamá apúrate! No los hago esperar, paso por encima de mí misma para que los chicos no esperen, pero los chicos ya no tienen paciencia.  Me dice una amiga.

No puedo esperar a contarle esto a X. Se lo digo al primer conocido que tengo a lado y si no, qué más: uso el whatsapp. Solucionado, comunicados en lo inmediato.

Entraba hoy a mi cocina y me topé con el micro ondas. El plato caliente en menos de un minuto. Ya no tengo que esperar. Aprendo a usarlo, ya no tengo que perder tiempo al lado de la olla calentando la comida, para mí, para los demás. Dejo el plato servido y cuando venga el que lo necesite, solo tiene que meterlo en ese aparato moderno, creado para que no perdamos tiempo. Ya no puedo esperar, ya no sé esperar. El concepto de inmediatez cobra vida cuando pulso el botón y a los cincuentaicinco  segundos tengo frente a mí el placer de la comida caliente.

Los inventores de los electrodomésticos no solo simplificaron la vida: planchas, refrigeradoras, lavadoras, secadoras, entre todo lo que conocemos. No se dieron cuenta, no se percataron: contribuyeron enormemente a incrementar la impaciencia.

La paciencia es un arte, es –según los entendidos- uno de los rasgos que identifica mejor el nivel de madurez que un adulto pueda mostrar. Paciencia para hacer, para escuchar, para digerir, para trabajar. Y no confundir paciencia con lentitud. Pero ahora, somos los adultos los que les estamos enseñando a los niños a no saber esperar. Todo lo quieren ya! La pataleta está al orden del día si no lo consiguen. Los resultados tienen que ser inmediatos. Tienen que conseguir lo que quieren sin saber mirar el reloj, rodeados de bulla, sin silencio, sin pausa alguna. De ese modo, todos estamos resultando inmersos en la vorágine de la IMpaciencia. 

Paciencia: facultad de saber esperar, versa el Diccionario de la Real Academia. También habla de la palabra “tolerancia”. Es ese suspiro hondo y profundo que equivale al tiempo que tiene que transcurrir para que podamos alcanzar lo deseado.


El sabor de la comida calentada en micro ondas no es el mismo que calentado en olla. Y efectivamente, hay personas a las que ello no les importa. Sin embargo, tenemos que hacer un esfuerzo para notar la diferencia

viernes, agosto 15, 2014

para el sábado 16 x 26.

Gioconda Belli es una escritora nicaragüense que descubrí hace muchísimos años atrás. Por esas casualidades de la vida tiene la capacidad de aparecer en mi vida de manera azarosa, sin buscarla, sin pedirla, pero sí encontrar en ella la palabra precisa. 

La semana pasada visitando la librería El Virrey me di de bruces con su poemario En la avanzada juventud, un lujo entre manos. 

Aquí los dejo con un poema que en lo personal cae preciso para un 16 de agosto, tan especial para mí:

LOS CASADOS

Nos lanzaron sin miramientos
al cotidiano oficio de querernos
al tiempo del lavabo y del cepillo
a la espuma del baño
a las noches de almohadas compartidas
al espejo común
en que la desnudez rasga sin compasión
los velos del misterio.

Pareja humana somos
cuerpos de luz y de estropicio;
bajo las sábanas habita el sexo, el sudor, lo ingerido,
y en la mañana a veces
el vino duerme rancio en la boca asomado a los besos.

Esto y mucho más sobrevivimos
aprendemos el gusto de lo usado y sabido
el consuelo del gesto adivinado
las mañanas, la manera de acomodarnos en la cama
los ruidos, los ronquidos
el peso de los pasos cuando se va o se viene
el relieve morboso con que cada uno labra su trinchera
y protege la pequeña ventana donde mirar la luna
sin ser visto.

Redondo es el círculo de la intimidad
y asombroso el arsenal del amor
que con fallidas piedras
erige su castillo
y lo defiende.

jueves, agosto 07, 2014

Todo sobre mi madre

Hace semanas que este post me da vueltas en la cabeza y si no lo escribo voy a reventar. Aprovecho que hoy mi madre cumpliría 94 años y tal vez sea esto una suerte de homenaje. Hoy la entiendo más y no es porque no esté conmigo. Lo que pasa es que uno empieza a vivir como mujer y como madre los mismo años, y es ahí cuando (al menos es mi caso)  se empieza a ver todo desde otra orilla. Y porque mientras pasa el tiempo, más humana la recuerdo.

Lo primero que alguien dirá al leer el primer párrafo es que me equivoco con la edad de mi madre. Pues es lo primero que hay que aclarar. Nació en 1920 pero en esa época no había que ir corriendo a registrar a la criatura a la Reniec. Por ello, mi abuelo se acordó de hacerlo dos años después, fecha que además la bautizaron. Cuando ella sacó su primer documento legal (el brevete) bastó con presentar su Partida de Bautizo; ahí se consignaba el presunto nacimiento en 1922. Así vivió feliz de la vida, dos años más o dos años menos… ¿importa? Hubo un primer indicio que me llamó la atención sobre esto, fue una foto que existe en el Archivo Courret donde ella aparece con sus hermanas, la imagen es de 1923 y de ninguna manera la niña que aparece ahí tiene menos de un año. Cuando se lo comenté, ya ella tenía más de setenta y me dijo: “guárdame el secreto, para qué vamos a hacer lío, esa confusión siempre me convino, ¡ja ja ja!” Esa historia me encantó siempre. Luego encontré, el vero vero documento.

Mi madre no terminó el colegio. Por mil razones estuvo en varios, según me contó, ningún colegio era lo suficientemente bueno para mi abuela y consideraba que mejor era estudiar en casa. El último año lo hizo en el “Villa María” (pudo ser 3ero o 4to de media). Antes había pasado por el  "León de Andrade", y la primaria la hizo en Chile durante el destierro que sufrió mi abuelo durante el gobierno de Sánchez Cerro.  Por ello, se quejaba de no haber podido aprovechar su vida escolar y más aún, no haber podido estudiar una carrera universitaria. “¿Para qué iba a ir una señorita de buena familia a la universidad, si no lo necesitaba?”. Palabras lapidarias de su madre. También por ello,  decía tener muy mala ortografía (nada aberrante diría yo). Sin embargo,  guardaba con devoción un manual abreviado con las reglas básicas para poner tildes, el uso de “s” y “c”, y algunas conjugaciones de los verbos irregulares. El librito amarillento siempre lo encontraba en el cajón de su cómoda (el cajón más interesante que he visto en mi vida, por cierto).

Mi madre casi no hablaba inglés.  En el mundo en el que se movió con mi padre era fundamental. Viajaban a USA por lo  menos dos veces año para asistir a algún congreso o charla. No obstante,  ella se defendía con uñas y dientes, pero le quedaba claro que pedir el desayuno en un hotel era su talón de Aquiles: “Tu papá se iba temprano a su evento y yo, como en las películas”, me contaba,  “soñaba con comerme unos perfectos huevos fritos con jamón. Era claro y fácil pedir simplemente Ham and eggs, como comprenderás. Pero mi problema venía cuando el mozo me preguntaba en su inglés mascado (me encantaba esa frase hecha) cómo quería los huevos y empezaba xvlixvlhx xvljxvomdox, fodxljfkdifyt, scramble?  Y yo solo decía: yes! Entonces siempre, siempre terminaba comiendo huevos revueltos. ¡No te imaginas cómo me molestaba! Pero igual me lo comía… ¡ja ja ja!”.

Mi madre guardaba una agenda de bolsillo con sus sufrimientos registrados. En el mismo cajón de la cómoda ya mencionado, había una agendita de cuero con las hojas de borde dorado. En ellas, como niña curiosa, un día descubrí que nosotros hubiéramos sido seis hermanos, y no tres. Un embarazo no logrado estando recién casada. Una niña fallecida en sala de partos y, tres años después un niño que sufrió el mismo destino después de los nueve meses de embarazo. Cada uno con nombre y en el día de la agenda indicado el año. Compleja y dolorosa lista de niños perdidos. Agendadas estaban todas sus cirugías. Las muertes de seres queridos.  Agendada estaba el día que mi padre se fue de la casa: “Fernando se fue, 1980”. Qué tal forma de archivar el dolor…

Pero mi madre también  reía, y mucho. La risa la ayudó a levantarse cada vez que se caía. Bromear sobre aquello que no sabía cada vez que quedaba en evidencia. Se reía de ella misma cuando contaba sus historias. Tenía un estilo del humor muy particular y muchas veces se reía ella sola. Me encantaba cuando estaba con cara pensativa y empezaba a sonreír de sus propios recuerdos y podía acabar en una carcajada franca de esas que no quería compartir.

Mi madre leía compulsivamente. Sentada en el sofá. Lentes puestos. Leía, leía y leía. Así volvió a mi memoria el otro día, cuando  un alumno me dijo que él leía mucho gracias a su mamá que siempre le recomendaba libros y que ahora estaba leyendo las obras de García Lorca. Esa fue la chispa que terminó incendiando mi cerebro para escribir este post. Este extraordinario escritor español era uno de los autores favoritos de mi madre. Mientras Mathías, mi alumno, me decía eso yo retrocedí en el tiempo. “Este es el libro que tienes que leer” El tomo empastado en cuero marrón enorme de las obras de teatro completas fue un desafío. La preferida de ella “La casa de Bernarda Alba”. La fuerza femenina que destila esa obra es la que ella tenía latente en las venas y que, de cuando en cuando, salía a flote.

Para mí, y me parece bueno compartirlo, la humanidad de mi madre reside en todo lo que he contado y tuve la suerte de ver. Lo comparto porque además me parece  doblemente importante ya que las madres suelen esconder sus debilidades ante los hijos, por mil y una razones: por miedo, por temor, por sobre proteger a los chicos para que no sepan que su madre es débil. La madre que llora en silencio, la madre que no muestra su inseguridad, la madre que no le dije a sus hijos que tiene una falla genética, la madre que trabaja a forro para que sus hijos no cambien de estilo de vida, la madre culposa.


No sé cómo cerrar este post. Tal vez solo aconsejando a mis amigas (y lectoras) que son madres: muéstrense como son. A las que son hijas todavía: observen y  no la pierdan de vista; luego, la memoria se encargará de hacer el resto. 

miércoles, julio 30, 2014

Una voz a la vez

Era un sábado cualquiera, teníamos diez años y salíamos a montar bicicleta donde nos daba la gana. No había tráficos, no había tanto peligros, vivíamos una infancia despreocupada y nuestras madres confiaban en la calle tanto como en nosotras. Junto con mis amigas paseábamos un día por el Real Club, precisamente en la calle Los Castaños.  Recuerdo que era una tarde soleada. Algunos carros estacionados y nosotras esperábamos para cruzar la pista.

En eso, sobre la parte izquierda llamó nuestra atención un Volkswagen con la puerta abierta, un hombre nos miraba. Y nosotras sentimos una situación incómoda ello, cuando nos percatamos a la vez que se estaba masturbando. De hecho, a esa edad, no sabíamos mucho que digamos qué es lo que él estaba haciendo mientras clavaba su mi mirada en la nuestra. Solo recuerdo que alguna de nosotras solo gritó “carrera hasta el Golf!” y salimos pedaleando a toda velocidad.

Detrás de nosotras, escuché la puerta del carro que se cerraba y que el motor se encendía. Mi imaginación, sin entender todo el escenario aún, solo tenía la capacidad de decirme: peligro, peligro. “Vamos por la izquierda”, grité. Es decir, contra el tráfico y luego entre las callecitas fuimos volviendo a la casa. Una decía “¿qué era?”, la otra: “se estaba tocando”, etcétera, etcétera. Pero la coincidencia fue “qué miedo, qué asco”. No sabíamos nada, solo que lo que vimos no era correcto en ese escenario.

Cuando Magaly Solier sufrió de un ataque sexual en el Metropolitano, tuvo la valentía de denunciar y  la suerte de ser quien es. Y todas hemos tenido la suerte de que ella sea quien es. Bastó UNA voz, SU voz para que por fin, se nos escuche. A nosotras nadie nos escuchó, por decir lo menos. A la adolescente manoseada tampoco, a la niña violada menos. Se puede encontrar con un médico legista que le humille más, un policía que no la escuche porque estaba con falda “provocativa”.

¿Entenderán las autoridades, de una vez por todas, cómo es el sentimiento?

Es complicado y lo será, pues pocos hombres podrán lograr a tener tal empatía con la víctima. 

Por eso, habrá que seguir levantando la voz, tu voz, mi voz, nuestras voces: a la vez.

martes, julio 22, 2014

Riesgos y zonas seguras

La zona segura, siempre será eso. Un lugar en donde nada te atormenta, nada te perturba. Un lugar donde la calma y la tranquilidad suele ser lo prioritario. Pero, ¿qué pasa cuando deja de serlo? Pues hay que tener el valor para dar un paso hacia afuera.

Se cruza en todos un tema importante. La edad. Una cosa es dar un paso hacia afuera cuando tienes veinticinco o treinta años y otra muy diferente es cuando tienes cincuenta o sesenta. ¿Vale realmente la pena hacerlo? Si nos sentimos tentados a hacerlo, habrá que analizar varias aristas o simplemente tomar la decisión y cerrar la puerta detrás de nosotros.

En la relación de pareja por ejemplo, suele verse más seguido matrimonios que terminan cuando ambos bordean esa edad. No todos necesariamente porque haya una tercera persona. Simplemente, se prefiere dejar la supuesta zona segura porque tal vez fuera las cosas marchen mejor. Otros, no toman la decisión, puesto que la presión de la sociedad, de los hijos, el miedo a la soledad y la rutina pueden pesar más que la búsqueda de un bien mayor (mejor). Cabe aquí una pregunta que también puede ser válida – detalle que me hizo notar un lector- ¿hacen algo por rengancharse? ¿se trabaja para reorientar y recuperar lo perdido?

Pasa lo mismo en los empleos. Tal vez, el miedo a dejar la zona segura (laboral y hasta económica) hace que muchas personas permanezcan en un entorno que ya no los apasiona, que no los motiva, que no les permite ir más allá: sin embargo, tal vez aquí también podríamos aplicar las mismas preguntas.


Y ahora sí, creo que es válido que luego de contestar esas inquietudes, si la cosa no marcha, pues tomar la decisión de arriesgar. Aquí ya no importan los juicios de valor de los demás. Luego de revisados todos los ángulos, pues pa’lante. Pero eso sí, nunca tires la puerta. No dejes tampoco una bomba de tiempo dentro.  Ciérrala con respeto y humildad, no dejes cabos sueltos; no vaya a ser que en algún momento tengas que volverla a tocar. 

martes, julio 15, 2014

La esencia es la misma.

Me sugirieron desarrollar algunos de los temas que publiqué en la lista del 7 de junio. Empiezo hoy usando el mismo orden. Aclaro que no desarrollaré todos, solo aquellos que recibieron mayor acogida. 

Siempre hemos escuchado que “genio y figura, hasta la sepultura”. En la gran mayoría de los casos esa máxima es totalmente cierta. Nacemos con varios condicionamientos genéticos a los cuales no podemos renunciar. El entorno y la educación van haciendo también su propio trabajo. Al ser adultos, somos el resultado de estos tres componentes que hemos ido cargando y moldeando desde niños.

Por ejemplo, hay personas egoístas en diferentes versiones. Tomo ese ejemplo porque creo que es el más común. EGO (todos lo tenemos) y se toman cantidades de decisiones basadas en nuestro propio beneficio antes que en el del otro. No hay que ser ciegos. Sin embargo, se puede dar el caso de observar a gente solidaria, desprendida, personas que a pesar de lo que vive mide su egoísmo natural, lo sopesa y controla, tal vez se tenga la inteligencia de imitar (emular) ese comportamiento en situaciones concretas. Bien por ello, pero luego… el carácter sale y se es, lo que se es.

Otro ejemplo típico de la convivencia. Me adecuo a mi marido, él se adecua a mí. Pero siempre tendrá sus manías (su desorden) y yo las mías (mi orden). Las discusiones de pareja caseras y mínimas desaparecieron casi por completo cuando POR FIN decidimos que reconocer que la esencia que conocimos en los 80s no había cambiado y menos, NO lo iba a ser.


El pesimista es pesimista, el optimista también, está el dramático, el exagerado, el celoso, el envidioso, el mediocre, el doliente, el sarcástico. A veces no los hace ni mejor ni peor. Pero si lo tienes de amig@ o pareja recuerda que no lo vas a hacer cambiar: quiérelo tal como es. Si no te gusta, huye. Si no lo reconoces... te recomiendo ser más observador. Puede pasar desapercibido y causar un gran daño cuando ya tomó dominio del terreno.

domingo, julio 06, 2014

HOY POR HOY

Hoy recordé que hace un par de meses atrás, en una reunión, mientras conversábamos de realidad nacional, política, actualidad y otros menesteres… uno de los invitados que me acaban de presentar me preguntó si yo también era abogada: no sé por qué hizo la deducción. Cuando le dije que no, que era profesora,  su comentario inmediato fue: ¡qué bonito!. Y luego siguió enfrascado en el tema “alturado” que lideraba la conversación.

El susodicho que hasta ese momento se había mostrado como un ser inteligente, culto y sensible, literalmente se me cayó al piso. Lo siento mucho y seré sincera, pero sus palabras me parecieron terribles. ¡Qué bonito! ¡Qué lindo! Tamaña estupidez. Confieso que por respeto a mis anfitriones y al resto de la concurrencia guardé silencio y sonreí. Luego, recordé las palabras de una madre de familia que un día me dijo que entendía que uno era profesora cuando no podía ser otra cosa en la vida. Nuevamente, por respeto a mi trabajo, también sonreí.

Este post va dirigido a todos aquellas personas que siguen menospreciando la labor de un profesor de colegio, porque seguramente al ser una de las profesiones más antiguas del planeta continua siendo poco respetada, y hasta devaluada en el siglo XXI.

Hoy no me callo. Hoy que se celebra el Día del Maestro el adjetivo “lindo” me parece más idiota y más estúpido que nunca.

Ser profesor es tener agallas, es tener huevos, es tener ovarios. Ser profesor es luchar cada día con padres que siempre creen saber más que uno. Ser profesor no es cerrar la oficina a las 5 de la tarde para irte a tu casa. Es corregir hasta altas horas de la noche, sacrificar tiempo en familia, preparar clase. Es buscar nuevos recursos para que tu alumno se involucre en su aprendizaje y le guste lo que le enseñas. Ser profesor es guiar una mano para que vaya trazando su nombre, su identidad, su opinión. Para que sepa qué significa 2+2 y que no solo memorice que es 4, sino que sea capaz de representarlo en toda su dimensión. Ser profesor es manejar la tolerancia, es trabajar para 30 alumnos aunque solamente 5 te presten atención y tengas que respirar muy hondo para no matar al resto. Ser profesor es reírte de las ocurrencias, es poner límites aunque te odien por un momento. Es plantarte con reglas claras sin ser fanático y hacerle entender a unos padres de familia que su hijo no es como ellos creen. Es buscar que tus alumnos amen el conocimiento, que desarrollen su curiosidad, que no le crean todo a Wikipedia y que confíen más en ti.

Todo lo que le enseñamos a los alumnos está en internet. En mi caso, verán obras, resúmenes, autores, movimientos literarios, historias, audiolibros, películas. El procesador de textos les dirá cómo hacer una carta. Por “default” se les corregirá la ortografía. Podrán plagiar trabajos, podrán encontrar un canal de youtube con las clases, seguramente. Ser profesor está pasando de moda… pareciera.

NO ES BONITO, no es fácil. Es un desafío diario y cada vez lo es más.

Y sí pues… todo está en la Web, pero el cómo se lo enseñamos, no lo está. La huella que dejamos, tampoco. 

¡Feliz día a mis maravillosos colegas! A los que fueron mis profesores en el colegio, a los que trabajan conmigo en el Cambridge y a todos mis amigos que siguen esta maravillosa, extraordinaria ocupación, carrera, profesión, vocación. 




martes, julio 01, 2014

Al azar

El tiempo pasa y al mirar atrás, veo un vacío de semanas en el que he estado muy alejada de lo que me gusta hacer a mi manera: escribir.

Es cierto que a veces uno tiene que tomar distancia, y ese espacio resultante nos permite tener una mirada diferente sobre nosotros mismos. Alejo Carpentier, decía en así en su novela “Concierto Barroco”: poner la mar de por medio.

La vida cotidiana nos engulle cada día más, al mí al menos me traga el tráfico, el trabajo, manejar, como a todos. Nos desgastamos pero a la vez somos luchadores de la vida, a nuestra manera y con nuestros propios medios y nuestros propios demonios. Nadie tiene derecho a quejarse, decía alguien el otro día; ello, ante la realidad difícil de una historia cercana. Y es verdad. Ante esa sentencia, todos deberíamos cerrar la boca porque siempre se encuentra uno que la pasa peor.

Pero el juego de la vida no es ese. Los pesos específicos del sufrimiento son diferentes e incomparables. El sufrimiento una niña que perdió a su muñeca favorita a los tres años era inmedible. El dolor de un amigo cuando perdió a su esposa no lo puedo describir. Seguramente, he usado terribles ejemplos, incomparables por su naturaleza. Pero son reales. Existen en sus dimensiones personales. Es como el umbral del dolor. Nadie tiene por qué juzgar.

Estamos acostumbrando a juzgarlo todo. Entre ello, el dolor propio y ajeno. Enaltece si uno aguanta; de eso no cabe la menor duda. El que se queja mucho, pierde.
Alguien pensará que de esto ya he escrito antes, es cierto. No obstante, este es uno de esos post en los que empiezo sin saber exactamente qué voy a decir y acabo hablando de un tema que está en lo cotidiano, en el día a día.


No hay lección, no hay consejo. Solo reflexión. 

martes, junio 24, 2014

Voces urbanas

En mis primeros años universitarios, rompiendo el cascarón, descubrí música extraordinaria, buena y no tanto. Mi mundo escolar había girado alrededor de toda la música Disco (que me sigue fascinando), pero me había quedado encorsetada en un mundo bastante limitado.

La trova llegaba con fuerza en los albores de los 80s, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Noel Nicola, sumados a otras voces latinoamericanas empezaron a aparecer como una gran novedad para mí. Era una ignorante total en el tema. En esa misma época, ya de la mano con el buen Cortés, nos empezamos a aventurar en cuanto concierto podíamos en la famosa "Concha Acústica" del Campo de Marte o la del Parque Salazar. Además, de aislados invitados que llegaban a los jueves culturales de la PUCP. 

El "Festival de Música Urbana" (1983) fue una experiencia irrepetible, se alternaron durante varios jueves en el desaparecido Teatro Montecarlo grupos y solistas como Alejandro Susti, Susana Baca, Andrés Soto, Kiri Escobar; Frágil, Canto Rodado.  Los géneros fueron varios, jazz trova, música peruana, rock. Para mí, fue la primera vez que veía a estos músicos en escena y quedé impactada de su libertad, de su compromiso, de su pasión. 

Todavía tengo escenas grabadas en la memoria de los contrapuntos de Soto y Escobar: "dicen que soy un bribón", o Susana Baca con una canción que no la he vuelto a oír jamás "Un salvador americano sin que yanqui meta mano". Susti con "late, late río de mi país"...y así, imagen tras imagen, sonido y palabra. 

Hace poco, Andrés Soto ha sacado al mercado un cd con títulos de esa época. Les dejo la letra de una de mis canciones preferidas.

Dicen que para lograr
A la mujer tan ansiada
Sólo basta una estocada
En el corazón

Yo pregunto la razón
De este saber que sé yo
Pues la vida que se va
No se lleva nada

Y se quisiera ver por ver
Ya todo lo habría visto
Cual tristeza de mis ojos
No tener que ver

Si pudiera repartir
Tu sonrisa por mis valles
Tus penitas en mis calles
Y tu amor en mi

Yo tendría una razón
Que juntas con las demás
Me darían la ocasión
De gritar que lindo es el amor
Para el que sólo tiene fantasía
Y el calor de una compañía
Que es la vida mía

El hogar se ve mejor
Cuando hay fuego que lo encienda
Cuando hay leña que retenga
Tu mirada y mi voz

martes, junio 17, 2014

... estábamos de pachanga

Me ha gustado saber que más de un lector se ha preguntado por dónde ando. 


Pues aquí. Dándole vueltas a mil temas e ideas.Como comentaba el otro día con una gran amiga pintora, a veces uno cae en una suerte de "esterilidad" de ideas y por ello, vale la pena poner el pincel o pluma a descansar. Sin embargo, la tinta llama y la verdad, les confieso, que aunque exprese ideas variopintas, me hacía falta esta suerte de catarsis que vengo realizando hace varios años atrás.

¿Qué les puedo decir de estas últimas semanas? Solo compartir las lecciones.

* Los seres humanos no cambiamos, nos mimetizamos. Nos adecuamos. La esencia es la misma.

* Los seres humanos arriesgamos. Tomamos decisiones importantes, por valientes o por inconscientes pero si es necesario se hace. 

* Si alguien te encasilla, te jodiste, porque será bien difícil que cambie su modo de pensar: cualquier cosa que digas siempre será tomada en tu contra. 

* Nadie es superior a nadie.

* Por años nos han metido la mano en el micro, pero bastó la voz de Magaly Solier para que notara.

* Adoro a mi amiga que me dice  ¡en eso estás equivocada!

* Seguimos sin saber decir NO.

* No podemos manejarlo todo. 

* La adolescencia es la peor y mejor etapa de la vida.

* La intolerancia está por todos lados.

* Más tecnología, más complicada se vuelve la vida: dependencia que le llaman.

* Corazones pequeños suelen habitar en egos grandes y soberbios.

* Guardar silencio en el momento correcto.


miércoles, marzo 26, 2014

Mal de muchos

Muchos individuos tenemos la costumbre (no digo si es mala o buena) de compartir más información de la que nuestro interlocutor está con ganas de oír. Generalmente, ante una pregunta que podría responderse afirmativa o negativamente, damos un sinnúmero de explicaciones que resultan siendo un despropósito.
Al no poder asistir a un lugar, por ejemplo, no basta con “lo siento, no puedo ir”… hay que explicar por qué, cuál es el otro compromiso que impide nuestra presencia y desde luego, si la cosa se reduce a no tener ganas… no es políticamente correcto ser tan simple y honesto como: “no me provoca”, vade retro.
Cuando vamos al médico, la grandilocuencia aparece a mil, entonces una simple pregunta puede convertirnos en un narrador de cuentos. –¿Sufre de jaquecas?- y arranca la historia de cuándo, dónde, bajo qué circunstancias, que es hereditario, que cuando comemos chocolate se exacerba… - ¿y cómo va su presión?- , otro cuento bíblico.
Anoche, una entrañable amiga me contó una historia que me robo con alevosía y ventaja porque es digna de compartirla.
Como muchos fue donde un nutricionista para resolver su problema de sobrepeso. Ese mundo de la nutrición que además está lleno de preguntas sin resolver, mitos, leyendas y más. El cuento es que apenas llegó, percibió que el especialista en cuestión tenía serios problemas de vocalización, pero como dicen los chicos… “fluía”.
Se dio inicio a la consulta con preguntas de rutina… cuando llegó una que resulta fundamental cuando buscamos estabilizar nuestro peso: “¿cvkddkfdf de xdkimiento? Así, tal cual, esa fue la pregunta que ella escuchó, por lo que arrancó (y no paró): “Bueno doctor, tengo problemas para ir al baño…no tengo una rutina… en las mañanas salgo muy temprano a trabajar…creo que como muchas harinas, aunque a veces me ayudo con salvado…no me considero una persona del todo estreñida, pero creo que eso también me impide bajar de peso… cuando puedo tomo un batido de jugo de papaya con linaza, afrecho, limón, y guindones que funcionan, pero no siempre…porque como le dije, no tengo un estómago regulado, entonces es complicado… usted sabe… además, dicen que este problema en las mujeres es más grave…. porque claro, los hombres no son tan estreñidos…
Mientras tanto, el nutricionista la miraba pacientemente y aprovechando que ella tomó aire para respirar, él volvió a hacer la pregunta pero ahora sí, se esmeró en la vocalización: “¿fecha de nacimiento?....”
¡¡¡¡Gracias M, tu historia es sensacional!!!!!

martes, marzo 18, 2014

Oyentes curativos

Hoy de no debería estar aquí… me dijo ayer un/a amigo/a, mientras nos saludábamos. Solo me quedó poner cara de pregunta… ¿qué pasó?

Lejos de Lima había muerto uno de las personas que más quería. Una persona que había acompañado su infancia, sus logros, su crecimiento, sus alegrías, sus desazones y errores. Quizás no importe, para efectos de esta reflexión, quién era. Sin embargo, destaco que era fundamental en la vida de alguien, de “alguienes”.

La muerte se ríe de nosotros cada día, concluimos. Porque un día como ayer, ellos deberían estar juntos festejando un cumpleaños especial, un día como ayer el dolorido corazón de quien me hablaba había explotado de frustración al no poder estar cerca para dar el último adiós.

Mi amigo/a se había levantado esa mañana con ganas de quedarse rumiando la pena en la cama, pero sabía que iba a ser inútil, totalmente inútil. Se dio cuenta entonces, sabiamente, que debía ir a trabajar como todos los días y en silencio, a la distancia, comerse el dolor y dar la cara a la vida. Pensó que estar rodeado/a de energía ajena le fuera a dar algo de distracción… cosa que sí estaba funcionando. “Pensé en llamar y no ir al trabajo, pero me pregunté qué iba a hacer además de darle vuelta a esta mierda de tristeza que me toca vivir hoy. El estar con gente me ha distraído un poco, el que casualmente estemos ahora hablando y seas la persona que me esté escuchando me hace sentir bien…” y siguió contándome todos los pormenores y mensajes irónicos que la aguda e satírica muerte había planeado antes de llevarse a ese ser querido. “Es que espérate, porque mientras te siga contando te dará para escribir un libro…” Y yo, iba sorprendiéndome más y más de las terribles coincidencias, de la pena traída con gotero, del reloj de arena que iba a término donde cada grano había traído una pincelada de fugaz alegría.

“Hace un mes nos estábamos riendo en la playa… hoy ya no está… y yo aquí”


Habló calmadamente, sin interrupciones durante casi cincuenta minutos, habló, puteó discretamente, habló, no lloró porque la sonrisa siempre ha primado en su cara, no lloró porque no ameritaba, solo habló, habló, exorcizó la pena –en parte- pues era lo que necesita en ese momento. No más…sin consejos, sin consuelo, pero con el interés que un amigo/a debe tener en momentos como eso. 

Escuchamos y sin saber, curamos.

martes, marzo 11, 2014

Historia conocida...

Este diálogo me encanta y el otro día lo encontré por casualidad. Se los dejo.... vale la pena.


Un millonario empresario se fue de vacaciones a un pequeño pueblo. Alquiló una casa junto a un río. Todos los días veía cómo un joven pescador pasaba cuatro horas en su barca pescando peces. Cuando llenaba dos baldes de peces, el pescador volvía a casa hasta el día siguiente. Esa era su vida durante seis días a la semana. El empresario estudió la situación del joven pescador y un día se acercó a hablar con él:

Empresario: ¿Cuánto tiempo llevas pescando?
Pescador: Llevo toda la vida, desde que era pequeño. Mi padre me enseñó a pescar y a buscarme la vida con la pesca.
Empresario: ¿Y gana bastante dinero?
Pescador: No me hago rico, pero pago mi hipoteca, la luz, el seguro y tengo tiempo libre para mi familia y jugar a las cartas con mis amigos.
Empresario: He visto que cada día vienes a pescar 4 horas y únicamente llenas 2 cubos de pescado. ¿Sabías que si en lugar de pescar en esta parte del río, si lo hicieras 5km más abajo en el mismo tiempo podrías llenar 4 cubos de pescado en lugar de dos?.
Pescador: Sí, lo se, pero tendría que dedicar 1 hora más, y yo aprecio mucho más el dedicar ese tiempo a mi familia y jugar a las cartas con mis amigos
Empresario: Ya, pero si dedicando 1 hora más puedes duplicar la cantidad de peces, si dedicas 4 horas más, podrías cuadruplicar la cantidad de peces.
Pescador: ¿Y por qué iba a querer hacer eso? Ya le he dicho que para mí lo más importante es estar con mi familia y jugar a las cartas con mis amigos. ¿Por qué querría hacerlo?.
Empresario: Porque en unos meses podrías contratar nuevos pescadores.
Pescador: ¿Y para qué querría hacer eso? Le estoy diciendo que yo sólo quiero estar con mi familia y jugar a las cartas con mis amigos. El tener más pescadores me haría tener que estar pendiente de las nóminas y contar el resto del pescado que me traen. ¿Así que por qué querría hacerlo?
Empresario: Porque de esa forma, tendrías tu propia flota, tu propia empresa.
Pescador: Usted no me entiende, yo lo que realmente aprecio es estar con mi familia y jugar a las cartas con mis amigos. ¿Así que para qué quiero tener mi propia flota?
Empresario: Porque teniendo tu propia flota, tendrás suficiente pescado como para dejar de vender al por menor. Podrás saltarte a los intermediarios e ir directamente al proveedor, aumentando tu margen de beneficio. Con el tiempo, podrás incluso comprar la empresa de tu proveedor y ser el número uno en abastecimiento de pescado en toda la región. Antes de que cumplas los 40 años, podrás hacer dos cosas con tu empresa: O venderla o sacarla a bolsa. En ambos casos serás rico.
Pescador: ¿Y una vez que sea rico...qué?
Empresario: Pues a pasar tiempo con tu familia y a jugar a las cartas con tus amigos.

viernes, marzo 07, 2014

8 de marzo


Como siempre me expreso una vez más en el Día de la Mujer. Confieso que antes me molestaba que nos hubieran dado un día del año para reconocer el valor primordial que tenemos en la sociedad. Sin embargo, me he demorado en entender que el homenaje es lo que vale, como lo es el día de la Madre o la Navidad o cualquiera de los días significativos que hay en el año.

Así como en la historia el lugar de las mujeres ha cambiado; nuestras historias internas como seres individuales también lo han hecho.

Las mujeres nos transformamos, cambiamos una y otra vez, de piel. Nos transformamos y nos trastornamos,  y en ese devenir nos hemos aceptado una y otra vez, tal y como somos. Nuestro cuerpo se trasforma y nuestra emoción se trastorna.

Sí, las mujeres somos especialmente emocionales. ¿Cómo no serlo? Como madres: disfrutamos cada instante. La ansiedad se apodera de nosotras, los miedos, las angustias, las risas y los llantos. Como compañeras: los niveles emocionales nos recorren de punta a punta y aprendemos. Tomamos decisiones fundamentales y aprendemos. Como solteras (sin tomar en cuenta el estado civil), apreciamos enormemente nuestro espacio, somos más cautas, más orgullosas, más dignas.

Hemos cambiado, claro que lo hemos hecho. Nos paramos mejor en la cancha, elevamos la voz y somos más. Somos, somos más las que no callamos; somos más las que no nos resignamos a ser “mujeres florero”; somos más las que nos cansamos de ser hipócritas; somos más las que  nos queremos, somos más las valientes, somos más las que decimos NO, somos más las que decidimos sobre nuestros cuerpos, somos más las que nos zurramos en el “qué dirán”; somos más las que defendemos a otras mujeres; somos más las que hacemos autocrítica; somos más las que desatamos prejuicios.

Somos más y el número tiene que seguir creciendo.

Porque mujeres también somos las que estamos condenadas a la esclavitud sexual, a las violaciones, al trabajo forzado, a la violencia doméstica, a parir hijos sin quererlos, a mantenernos sin educación...

martes, marzo 04, 2014

y vamos treinta!!

Este mes en el que arranca mi labor de colegial como versa la Décima del gran Nicomedes, cumplo treinta años de haberme puesto de pie por primera vez frente a un aula de clases.
1984: Luis Jaime Cisneros me reclutó para formar parte de su grupo de Jefes de Práctica de Lengua I en la PUCP. Chiquilla ansiosa, inexperta y totalmente insegura un martes a las 6 pm de una cálida tarde veraniega me enfrenté al primer grupo de treinta alumnos que solo tenían tres años menos que yo...¡qué terror! A las ocho de la noche, después de dictar me desinflé exhausta. ¿Qué les puedo decir?

Poco a poco fui descubriendo hacia dónde me llevaba mi carrera, porque me quedó claro que ella me llevaba a mí. Estudiar Literatura sonaba en esos tiempos como algo exótico, mi madre jamás lo entendió, vertió lágrimas cuando le dije que no iba a ser abogada sino "literata". Pero no podía mentirme a mí misma. Mis estudios me llevaron de las aulas universitarias a las pre-universitarias. Larga data en ambas, pasaron justamente diez años en las que combiné los dos trabajos casi en paralelo. Y la vida me siguió llevando y yo, dejándome llevar.

En marzo de 1994 di mi primera clase escolar. En un salón tenía catorce alumnos, en el otro veintidós. Tremendos adolescentes. Tengo los nombres grabados con lacre en mi cerebro. Cada día un reto, cada día un desafío. Cada día tenía que sacar del "tongo del mago" un truco nuevo para convencerlos de que leer valía la pena. Han pasado veinte años desde ese día. 

Hoy son padres y madres de familia; hoy son profesores; hoy son escritores; hoy mueven el mundo.

Es difícil entender la adrenalina que se siente cuando uno se para frente a un salón de clase. No es el hecho huachafo de impartir conocimiento. No es una chamba altruista, romántica, quijotesca... No lo creo así. Es un desafío, eres como el actor "extra" que reemplaza a los padres. Eres el responsable de que la escena salga bien porque serás el culpable si no resulta.  

Yo busco mi parte en este juego de la enseñanza,  soy una interesada de lo peor en esta dinámica del día al día,  quiero mi tajada. Por ello, afilo todos mis sentidos para refrescarme con su adolescencia o solo sentarme a leer entrelíneas sus historias. Compartir sus historias, cargar con sus historias. Reírme de sus historias y frustrarme con ellas.

Los chicos de 1994 ya no son los de 2014. Hoy es más difícil ser adolescente. Se diga lo que se diga. Mi desafío ya no es convencerlos SOLO de que lea. El diario desafío es convencerlos de que algo ganarán dentro del salón. Son ellos los que eligen su ganancia.

Yo tengo la mía hace treinta años.