martes, noviembre 25, 2014

Círculo virtuoso

Me complazco hoy día en comentarles que hace unas semanas empecé a trabajar con un grupo de maravillosas mujeres que quieren redescubrir lo que un día aprendieron: el mundo de la literatura. Sin embargo, lo atractivo de esta propuesta ha sido que nuestra columna vertebral es revisar cuál ha sido el rol de la mujer, su lugar, su valor a través de las diferentes épocas partiendo de la milenaria mitología griega.

De ahí que, hemos estado  revisando gran parte de los principales dioses del Olimpo, entiendo sus “vidas”, realzando su ingrediente humano, sus hazañas, sus pecados. Nos detuvimos pensando sobre el tema de cómo  la culpa de los males del mundo  recae en la mujer desde los tiempos de Pandora (y dentro de la visión judeocristiana, su par: Eva). Destacable fue notar que nuestra cultura occidental ha impuesto de una u otra manera este concepto. En el mundo andino, hasta donde sé, no ocurría ello pero en la imposición cultural… perdimos.

Cada tema se va enriqueciendo con los aportes de estas “alumnas”. Nos sorprendemos juntas al confirmar cómo en nuestra vida cotidiana se van reflejando las pincelas que los autores dejaron retratadas: costumbre, hábitos, comportamientos, memorias colectivas, entre otros detalles. Pensamos y reflexionamos juntas sobre detalles que tal vez cuando “aprendimos” esto, no lo “aprehendimos” con la madurez, vivencias y sabiduría que uno aporta a sus propios años.

En lo personal: enseñar siempre ha sido un aprendizaje de ida y vuelta, mis alumnos adolescentes me desafían cada día. Con este grupo, el desafío es más grande.

Si alguien se anima a unirse a la causa, no dude en contactarme. La pasamos genial, y siempre hay tiempo para armar otro círculo literario más: claudiacabieses@gmail.com 

martes, noviembre 18, 2014

Una pequeña historia

Los dejo con un texto de Juan José Arreola, un bocadillo:

Teoría de Dulcinea

En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta. Prefirió el goce manual de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de hazañas, embustes y despropósitos.


En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.

El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire.

Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca. Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.

FIN

lunes, noviembre 10, 2014

Neruda y la estudiante sincera

Uno de los autores que trabajo con mis chicos hacia el final del año suele ser Pablo Neruda, básico de la literatura, básico de la poesía, básico de la vida.

Aprovecho ahora, para usar como recurso audio visual la película "Il Postino" que además tiene una banda sonora hermosa. La fotografía y esta última destacan sobre las actuaciones, debo advertir.
Sobre ello reflexionaba el otro día con mis alumnos cuando estuvimos revisando algunos poemas y les decía que finalmente los versos de amor de Neruda habían servido para enamorar a más de una dama.

Como muchos chicos veían esto como una broma, yo les decía que a la mujer, sin importar los tiempos que corrían, las palabras podían ser unas grandes herramientas de conquista. De ahí, la importancia de tener un buen vocabulario, de saber un poco de poesía. Habíamos visto en la película cómo un cartero con muy poca educación había logrado conquistar el corazón de una mujer utilizando los textos del poeta chileno de forma exitosa. Todos prestaban atención, "me gusta cuando callas/ porque estás como ausente/y me oyes desde lejos/ y mi voz no te toca/.." y seguimos revisando otros, mientras yo insistía en el valor de las palabras. 

En un momento, y para volver el contenido más cotidiano y actualizado, seguí insistiendo en que habían chicos que escribían cartas, te hablaban bonito, y que "..si enganchabas y seguías una y otra vez prestándole atención...." e iba a continuar mi frase, del fondo del salón M con sus grandes lentes y de forma resignada dijo a boca de jarro: ¡cagaste!

La clase se congeló, todo el mundo volteó a mirarla y yo me detuve un segundo pensando: ¿le doy una sanción por lo que acaba de decir o busco otra alternativa? Opté por lo segundo; la felicité por su honestidad. Ella solo reflejaba el haberse sentido conquistada (y dolida) por el poder de la palabra. 

Soneto LXVI



No te quiero sino porque te quiero 

y de quererte a no quererte llego 
y de esperarte cuando no te espero 
pasa mi corazón del frío al fuego. 

Te quiero sólo porque a ti te quiero, 
te odio sin fin, y odiándote te ruego, 
y la medida de mi amor viajero 
es no verte y amarte como un ciego.
Tal vez consumirá la luz de Enero, 
su rayo cruel, mi corazón entero, 
robándome la llave del sosiego. 

En esta historia sólo yo me muero 
y moriré de amor porque te quiero, 
porque te quiero, amor, a sangre y fuego.

martes, octubre 21, 2014

De nuevo con lo mismo

Mis queridos lectores: Esta semana el blog cumple siete añazos! SIETE! y por coincidencias de la vida volví a oír una frase que me tortura el cerebro. Una idea de la que escribí hace unos meses atrás, pero hoy motivada por mi propia celebración, vuelvo a la carga.

No quiero ser elegante ni educada esta vez. Quiero ser cruda y directa y decir lo que siento. Tengo esta plataforma para hacerlo, la verdad es que ya me estoy cansando un poco de lo que es “políticamente correcto” y lo que debo o no debo decir por ser quien soy.

No puedo evitar sentarme frente al teclado pensando en la desacertada frase que un caballero pronunció bajo el cielo azul una tarde de octubre. No puedo evitar reflexionar y por lo tanto escribir (y compartir) con mis seguidores. No puedo callar porque siento que es un deber volver sobre lo mismo.

“Qué lindo trabajo, para una mujer, el ser maestra”…. Bastaría con colocar estas palabras en cualquier lugar, para que a más de un ser humano se le pararan los pelos y se condoliera conmigo, no sé si para reír… o llorar.

Me viene a la mente una lluvia de ideas, algunas las dije y algunas las guardé para este post de aniversario (disculparán el uso de mayúsculas, pero quiero DESTACAR mi tono).

1.  Comentario muy MUY equivocado. ¿Por qué la gente no se da cuenta que no es más que un estereotipo en donde relacionar: profesión/género es un craso error?  Ser profesor no va de la mano con una condición cromosomática (XY). Si además la historia les diera  la razón, el pobre Sócrates hubiera tenido que ponerse implantes para que alabaras su trabajo.

2.    Cualquier SER HUMANO puede ser profesor. NO tiene nada que las mujeres estamos más inclinadas a ser tolerantes y pacientes. A la mierda la paciencia…huelgan palabras.


3.    Ahora bien, me corrijo: no cualquiera puede ser profesor. Hay que tener vocación y huevos para hacerlo. Pararte frente a un salón de clase repleto de chicos no es cosa fácil. Yo me sacó mil veces el sombrero en honor a los profesores de primaria: son unos campeones: hombres y mujeres con huevos y ovarios. Materno/paterno, whatever!

4.    Cuando vinculan “lindo” “bonito” “mujer” “madre” me encolerizo. Ello implica limitar la creatividad de la mitad del planeta. Vivir en el pasado, ser prejuicioso, ser soberbio, ser atorrante.


5.    Si todos  los seres humanos viviéramos con esos estereotipos, ¿dónde estaría hoy Malala Yousafzai?  Su padre (hombre) es un héroe. Esa lucha, por aprender, por no enquistarse en el rol que la sociedad le impuso, la llevó al borde de la muerte.



Por favor, abran su cerebro y dejen de tratar a los profesores como los “pobrecitos” de la escala laboral. No los califiquen, no busquen adjetivos. Mejor callen. Mejor callen. 

viernes, octubre 17, 2014

La comezón del séptimo año

enpuntomuerto cumple siete años y tal como viene, seguimos.
Gracias enormes a los fieles lectores. 

Una celebración, un poema de Mario Benedetti.

COMO SIEMPRE
Aunque hoy cumplas
trescientos treinta y seis meses
la matusalénica edad no se te nota cuando
en el instante en que vencen los crueles
entrás a averiguar la alegría del mundo
y mucho menos todavía se te nota
cuando volás gaviotamente sobre las fobias
o desarbolás los nudosos rencores

buena edad para cambiar estatutos y horóscopos
para que tu manantial mane amor sin miseria
para que te enfrentes al espejo que exige
y pienses que estás linda
y estés linda

casi no vale la pena desearte júbilos y lealtades
ya que te van a rodear como ángeles o veleros

es obvio y comprensible
que las manzanas y los jazmines
y los cuidadores de autos y los ciclistas
y las hijas de los villeros
y los cachorros extraviados
y los bichitos de San Antonio
y las cajas de fósforo
te consideren una de los suyos

de modo que desearte un feliz cumpleaños
podría ser tan injusto con tus felices
cumpledías
acordate de esta ley de tu vida
si hace algún tiempo fuiste desgraciada
eso también ayuda a que hoy se afirme
tu bienaventuranza

de todos modos para vos no es novedad
que el mundo
y yo
te queremos de veras
pero yo siempre un poquito más que el mundo.


martes, octubre 07, 2014

Masoquismo musical o consuelo para el alma

La música suele estar en nuestras vidas desde siempre. Las canciones de cuna (si aún hay mamis que las canten), las de las infancia: “Los pollitos dicen”, “Arroz con leche, vamos escogiendo lo que más nos identifica, con lo que nos sentimos bien, con aquella combinación de tonos que nos produce experiencias agradables, definidas. Así, la música nos va a acompañando a lo largo de los momentos importantes. Se fija en nuestra memoria y regresa cada vez que la convocamos.

Pero hay algo que siempre me va a llamar la atención, solemos escoger determinadas canciones para los estados de ánimo, y claro, puede sonar lógico puesto que buscamos una simbiosis afectiva con nuestro entorno, un vínculo que refleja cómo nos sentimos en un momento determinado. Hay música para lo alegre, otra para lo desalentador, otra para la pena, otra para el amor.

No obstante, detengo mi mirada cuando estamos pasando por un momento difícil, nos refugiamos en canciones que nos recuerdan una y otra vez nuestra condición humana. No puedo olvidar que cuando una amiga muy cercana se separó, no dejaba de escuchar: “Me cuesta tanto olvidarte” cantada por Ana Torroja (bella versión, por cierto), o cuando una adolescente me decía que no podía olvidar al enamorado, escuchaba una y otra vez la canción en la que la preciosa voz de Cristina Aguilera decía: “pero me acuerdo de ti…”

Somos unos masoquista al escoger la música ad hoc, que nos acompañe en el sufrimiento. Una voz que cante nuestra angustia, que sienta como nosotros. Eso es la música, es el reflejo real de quiénes somos, de las emociones que nos rodean, del ambiente y escenario vivido.


No me imagino, en lo inmediato, a alguien que esté de duelo (real) tarareando “Happiness” de Farrell. Salvo que tenga unos “oscuros y profundos motivos”. Aunque les confieso, que a pesar de lo pegajosa y común que se ha vuelto esa canción, debería servir para salir del hoyo de en el que a veces nos sumimos con un coro que nos canta alrededor. Es como decidir en no comer nada porque estás triste... y morir en vida: o comerte un rico dulce para acariciar tu alma. 

martes, septiembre 23, 2014

Debilidades humanas

Lo que leerán a continuación es el fragmento de un artículo leído en El País, escrito por Borja Vilaseca: "La envidia y el síndrome de Solomon" (http://elpais.com/elpais/2013/05/17/eps/1368793042_628150.html).
Me llamó la atención la última parte de este, aquí lo comparto con ustedes:


Seguimos formando parte de una sociedad en la que se tiende a condenar el talento y el éxito ajenos. Aunque nadie hable de ello, en un plano más profundo está mal visto que nos vayan bien las cosas. Y más ahora, en plena crisis económica, con la precaria situación que padecen millones de ciudadanos.
Detrás de este tipo de conductas se esconde un virus tan escurridizo como letal, que no solo nos enferma, sino que paraliza el progreso de la sociedad: la envidia. La Real Academia Española define esta emoción como “deseo de algo que no se posee”, lo que provoca “tristeza o desdicha al observar el bien ajeno”. La envidia surge cuando nos comparamos con otra persona y concluimos que tiene algo que nosotros anhelamos. Es decir, que nos lleva a poner el foco en nuestras carencias, las cuales se acentúan en la medida en que pensamos en ellas. Así es como se crea el complejo de inferioridad; de pronto sentimos que somos menos porque otros tienen más.
Bajo el embrujo de la envidia somos incapaces de alegrarnos de las alegrías ajenas. De forma casi inevitable, estas actúan como un espejo donde solemos ver reflejadas nuestras propias frustraciones. Sin embargo, reconocer nuestro complejo de inferioridad es tan doloroso, que necesitamos canalizar nuestra insatisfacción juzgando a la persona que ha conseguido eso que envidiamos. Solo hace falta un poco de imaginación para encontrar motivos para criticar a alguien.
El primer paso para superar el complejo de Solomon consiste en comprender la futilidad de perturbarnos por lo que opine la gente de nosotros. Si lo pensamos detenidamente, tememos destacar por miedo a lo que ciertas personas –movidas por la desazón que les genera su complejo de inferioridad– puedan decir de nosotros para compensar sus carencias y sentirse mejor consigo mismas.
¿Y qué hay de la envidia? ¿Cómo se trasciende? Muy simple: dejando de demonizar el éxito ajeno para comenzar a admirar y aprender de las cualidades y las fortalezas que han permitido a otros alcanzar sus sueños. Si bien lo que codiciamos nos destruye, lo que admiramos nos construye. Esencialmente porque aquello que admiramos en los demás empezamos a cultivarlo en nuestro interior. Por ello, la envidia es un maestro que nos revela los dones y talentos innatos que todavía tenemos por desarrollar. En vez de luchar contra lo externo, utilicémosla para construirnos por dentro. Y en el momento en que superemos colectivamente el complejo de Solomon, posibilitaremos que cada uno aporte –de forma individual– lo mejor de sí mismo a la sociedad.


lunes, septiembre 15, 2014

Cadenas, retos y literatura

Estoy haciendo, hace meses atrás, una dieta complicada. He recortado a la mínima expresión mi consumo de Facebook.  Me siento ligera de equipaje. Es personal, es como tener el colesterol alto y dejar de consumir tanta grasa.

Pero resulta que llamó mi atención una cadena/reto vinculados a tirarse un balde de hielo y etcétera. La brújula se rompió, el objetivo del asunto –en mi humilde opinión- se convirtió en joda más que en compromiso.

A la fecha me han llegado tres retos/cadenas. Y desde ya les digo a los retadores que no voy a poner la información en mi muro desafiando a otros. Me reservo este derecho. Mi amiga Elena (retada al igual que yo) diría: no tengo tiempo para cojudeces. Sincera.

Yo tomo ese tiempo para realizar una reflexión al respecto.  

Empecemos por la definición literal de la palabra reto: a) provocación o citación al duelo o desafío. b) acción de amenazar. c) objetivo o empeño difícil de llevar a cabo, y que constituye por ello un estímulo y un desafío para quien lo afronta.

A ver… 
¿Es un desafío? No creo.
¿Me está amenazando? No creo.
¿Es difícil de hacer? No creo.

Buscamos, entonces, ¿compartir lo bueno que nos pasa, lo bueno que tenemos, las frases altruistas que conforman nuestro “ventiuncálogo” (7 x 3) particular? Chévere, felicito y me congratulo con las personas que las tienen a mano o efectivamente, como diría Elena: tienen tiempo para hacerlo (ahí no más lo dejo). Válido también que tengan la intención de poner cosas lindas en el Fcb porque ya a veces, se llena de críticas, malas vibrar, competencias soterradas (cito a otra amiga), stockeadas maleadas (cito a un alumno) y bla, bla, bla. Pero al final del día uno es dueño de su muro y cuelga lo que le da su reverenda gana.

Y ahora ¿a dónde voy con todo esto? A un punto concreto. Hay un desafío –obviando la definición del DRAE- que me gustó, y después de algunos días tomé la decisión de contestarlo a mi manera. Me pidieron una lista de los libros que pudiera vincular con   el  alma, el amor, la amistad, la reflexión y el refugio. No es un decálogo como contemplaba el desafío, mejor es una docena. Igual me quedo corta.
  • ·         Ana Karenina (León Tolstoi)
  • ·         Los miserables (Víctor Hugo)
  • ·         Inventario (Mario Benedetti)
  • ·         La soledad de los números primos (Paolo Giordano)
  • ·         El amor en los tiempos del cólera (Gabriel García Márquez)
  • ·         Conversación en La Catedral (Mario Vargas Llosa)
  • ·         Edipo Rey (Sófocles)
  • ·         La invención del amor (José Ovejero)
  • ·         El corazón del tártaro (Rosa Montero)
  • ·         Sonetos (Garcilaso de la Vega)
  • ·         La vida es sueño (Calderón de la Barca)


No hay Facebook, directamente. He hecho un giro. No desafío a nadie. Solo sugiero que, quien lea este post, piense en algún libro que le tocó la fibra.


Chau.

miércoles, septiembre 10, 2014

Era ayer, y yo me acuerdo

Cuando nosotros éramos niños y espero que en el “nosotros” se incluyan muchos lectores, soñábamos con ser grandes. Ser grandes era señal de independencia, libertad, tener la sartén por el mango. En pocas palabras, poder hacer lo que nos daba la gana.

Creo que teníamos una ligera conciencia de que además, implicaba asumir ciertas responsabilidades puesto que del tipo de vida que habíamos llevado de niños crecíamos con algunas herramientas valiosas. Pedir permiso, respetar a nuestros padres, estudiar para pasar el año (aunque fuese raspando), estudiar al menos mes y medio en el verano si no pasabas, meternos en algún taller de vacaciones útiles, entre los que recuerdo. Un conjunto básico de muestras de responsabilidad que te obligaban (a veces a la fuerza) a asumir ciertos compromisos. En resumen, algunas pinceladas de preparación para la adultez.

Cuando los años iban pasando, muchos padres iban soltando ciertas amarras, permisos. Llegar un más tarde, quedarnos a dormir en casa de amigos, tomar el bussing solos, fumar. La lista puede ser larga, despendía en todo caso del estilo de crianza y nuestro comportamiento.

Jugábamos a romper las reglas, quién no. Jugábamos a tensar la cuerda, quién no. Jugábamos a subir la hora de llegada. Jugábamos, discutíamos, gritábamos, tirábamos puertas; sin embargo, sabíamos perfectamente que un NO era un NO, y que si levantábamos la voz más de lo acostumbrado algo perderíamos en el camino o cargaríamos con las consecuencias.

Queríamos ser grandes, liberarnos. Queríamos ser dueños de nuestras propias vidas. Eso quería yo, al menos, cuando era niña y más cuando fui adolescente. Cuando cumplí 18 años, seguía queriendo lo mismo y recién cuando empecé a ganar mi propio dinero pude “sentir”, realmente “sentir” que la independencia era algo más que hacer lo que me diera la gana.

No sé en qué momento dejé de ser adolescente para convertirme en adulto, supongo que esa línea difusa fue formándose de a pocos, pero fue duro. Fue una lucha dolorosa. Recuerdo algunas esporádicas peleas con mi madre, lágrimas, palabras mal dichas, frustración y euforia. Nada grave, no por ello menos doloroso.

Hoy, en pleno siglo XXI, vivimos una diaria contradicción. Los niños de once años aún no quieren ser como su mamá, quieren ser como su prima X que la pasa “chévere”; no le encanta jugar xaxes, quiere maquillarse, hacerse la Keratina, entre otras miles de actividades típicas de la adolescencia actual. Obviamente quien tiene Facebook publica parte de sus logros, sus viajes, sus gustos, mil detalles de su vida personal (e íntima).

Est@ niñ@ de once años, se le plantará a los papás, le dirán lo que quiere, cuándo lo quiere y cómo lo quiere. Reclamará cómodamente, conchudamente que “le llega esperar” y que “mejor vamos porque estoy abrumado@”. 

Dramatizará con todo el disfuerzo loco imitar formas de hablar: “ay oye”, “fácil que…”, “de la nada…”, “…qué te pescaste el fin de semana”. Verá algún reality con devoción porque le encantaría participar o tener el propio y le parecerá mostro, que “un murciélago sea un conjunto se islas”. 

miércoles, septiembre 03, 2014

Saber decir NO

No sé si es nuestra sociedad, nuestra idiosincrasia peruana o qué. Pero lo cierto es que seguimos teniendo miedo a decir que no. Ojo, no tiene nada que ver con quejarnos cuando nos mandan a hacer algo que se contempla dentro de nuestras responsabilidades y aunque nos disguste, carezcamos de tiempo tenemos que hacerlo.

Decir NO, es simplemente dar un mensaje directo. No quiero hacerlo, no puedo hacerlo, no es correcto hacerlo, no me provoca hacerlo, no debo hacerlo, y todas las variaciones que ustedes puedan crear. Tenemos miedo a que el receptor de nuestro mensaje se enoje o se sienta defraudado.  

Es más fácil decir sí que no. Es fácil hacernos querer, porque la gente dirá que siempre estás dispuesto, que “no sabes decir que no”.

Peor es cuando decimos no frente a una invitación. No tengo ganas de salir, pero buscamos excusas de cualquier tipo para evitar ofender. ¿Por qué tendría que ofenderse alguien si le dices la verdad con cortesía? Sin embargo es lo que vivimos en el día a día.

Cada vez que he visto alguna situación (mía o ajena) en la que se exprese la negativa de hacer o continuar haciendo algo, termina mal. Hay un ofendido, hasta se puede perder el saludo del involucrado. Como dice una amiga: “fui expulsada del reino por decirle a X que ya NO iba a poder ayudarla más, me condenaron al destierro social”. Solo me quedó aplaudir su decisión y confirmar la estrechez mental de ciertos individuos.

Igualmente, a veces decir no, es justamente la respuesta contraria que espera el que requiere: espera un SI, un tajante POR SUPUESTO. El "no" a pesar de ir acompañado de un argumento lógico y razonable le cae como balde de agua helada y se desilusiona al escucharlo. Se puede enceguecer y obnubilar tanto que es incapaz de analizar las razones reales y hasta sanas de la respuesta. 


Es cierto, es difícil recibir un NO. Pero hay que entender que en varios casos recibir un SI sería contraproducente y jugarnos en contra. Revisar razones, revisar argumentos, revisar coyunturas, nos guste o no. Tenemos que aprender a escuchar esa palabra, tenemos que aprender a decirla. 

martes, agosto 26, 2014

La culpa la tiene el micro ondas

¿Cuándo ha sido la última vez que hemos esperado pacientemente por algo? ¿es la inquietud que produce la impaciencia la que nos crea una angustia? ¿es la espera un espacio desperdiciado?

¡Mamá apúrate! No los hago esperar, paso por encima de mí misma para que los chicos no esperen, pero los chicos ya no tienen paciencia.  Me dice una amiga.

No puedo esperar a contarle esto a X. Se lo digo al primer conocido que tengo a lado y si no, qué más: uso el whatsapp. Solucionado, comunicados en lo inmediato.

Entraba hoy a mi cocina y me topé con el micro ondas. El plato caliente en menos de un minuto. Ya no tengo que esperar. Aprendo a usarlo, ya no tengo que perder tiempo al lado de la olla calentando la comida, para mí, para los demás. Dejo el plato servido y cuando venga el que lo necesite, solo tiene que meterlo en ese aparato moderno, creado para que no perdamos tiempo. Ya no puedo esperar, ya no sé esperar. El concepto de inmediatez cobra vida cuando pulso el botón y a los cincuentaicinco  segundos tengo frente a mí el placer de la comida caliente.

Los inventores de los electrodomésticos no solo simplificaron la vida: planchas, refrigeradoras, lavadoras, secadoras, entre todo lo que conocemos. No se dieron cuenta, no se percataron: contribuyeron enormemente a incrementar la impaciencia.

La paciencia es un arte, es –según los entendidos- uno de los rasgos que identifica mejor el nivel de madurez que un adulto pueda mostrar. Paciencia para hacer, para escuchar, para digerir, para trabajar. Y no confundir paciencia con lentitud. Pero ahora, somos los adultos los que les estamos enseñando a los niños a no saber esperar. Todo lo quieren ya! La pataleta está al orden del día si no lo consiguen. Los resultados tienen que ser inmediatos. Tienen que conseguir lo que quieren sin saber mirar el reloj, rodeados de bulla, sin silencio, sin pausa alguna. De ese modo, todos estamos resultando inmersos en la vorágine de la IMpaciencia. 

Paciencia: facultad de saber esperar, versa el Diccionario de la Real Academia. También habla de la palabra “tolerancia”. Es ese suspiro hondo y profundo que equivale al tiempo que tiene que transcurrir para que podamos alcanzar lo deseado.


El sabor de la comida calentada en micro ondas no es el mismo que calentado en olla. Y efectivamente, hay personas a las que ello no les importa. Sin embargo, tenemos que hacer un esfuerzo para notar la diferencia

viernes, agosto 15, 2014

para el sábado 16 x 26.

Gioconda Belli es una escritora nicaragüense que descubrí hace muchísimos años atrás. Por esas casualidades de la vida tiene la capacidad de aparecer en mi vida de manera azarosa, sin buscarla, sin pedirla, pero sí encontrar en ella la palabra precisa. 

La semana pasada visitando la librería El Virrey me di de bruces con su poemario En la avanzada juventud, un lujo entre manos. 

Aquí los dejo con un poema que en lo personal cae preciso para un 16 de agosto, tan especial para mí:

LOS CASADOS

Nos lanzaron sin miramientos
al cotidiano oficio de querernos
al tiempo del lavabo y del cepillo
a la espuma del baño
a las noches de almohadas compartidas
al espejo común
en que la desnudez rasga sin compasión
los velos del misterio.

Pareja humana somos
cuerpos de luz y de estropicio;
bajo las sábanas habita el sexo, el sudor, lo ingerido,
y en la mañana a veces
el vino duerme rancio en la boca asomado a los besos.

Esto y mucho más sobrevivimos
aprendemos el gusto de lo usado y sabido
el consuelo del gesto adivinado
las mañanas, la manera de acomodarnos en la cama
los ruidos, los ronquidos
el peso de los pasos cuando se va o se viene
el relieve morboso con que cada uno labra su trinchera
y protege la pequeña ventana donde mirar la luna
sin ser visto.

Redondo es el círculo de la intimidad
y asombroso el arsenal del amor
que con fallidas piedras
erige su castillo
y lo defiende.

jueves, agosto 07, 2014

Todo sobre mi madre

Hace semanas que este post me da vueltas en la cabeza y si no lo escribo voy a reventar. Aprovecho que hoy mi madre cumpliría 94 años y tal vez sea esto una suerte de homenaje. Hoy la entiendo más y no es porque no esté conmigo. Lo que pasa es que uno empieza a vivir como mujer y como madre los mismo años, y es ahí cuando (al menos es mi caso)  se empieza a ver todo desde otra orilla. Y porque mientras pasa el tiempo, más humana la recuerdo.

Lo primero que alguien dirá al leer el primer párrafo es que me equivoco con la edad de mi madre. Pues es lo primero que hay que aclarar. Nació en 1920 pero en esa época no había que ir corriendo a registrar a la criatura a la Reniec. Por ello, mi abuelo se acordó de hacerlo dos años después, fecha que además la bautizaron. Cuando ella sacó su primer documento legal (el brevete) bastó con presentar su Partida de Bautizo; ahí se consignaba el presunto nacimiento en 1922. Así vivió feliz de la vida, dos años más o dos años menos… ¿importa? Hubo un primer indicio que me llamó la atención sobre esto, fue una foto que existe en el Archivo Courret donde ella aparece con sus hermanas, la imagen es de 1923 y de ninguna manera la niña que aparece ahí tiene menos de un año. Cuando se lo comenté, ya ella tenía más de setenta y me dijo: “guárdame el secreto, para qué vamos a hacer lío, esa confusión siempre me convino, ¡ja ja ja!” Esa historia me encantó siempre. Luego encontré, el vero vero documento.

Mi madre no terminó el colegio. Por mil razones estuvo en varios, según me contó, ningún colegio era lo suficientemente bueno para mi abuela y consideraba que mejor era estudiar en casa. El último año lo hizo en el “Villa María” (pudo ser 3ero o 4to de media). Antes había pasado por el  "León de Andrade", y la primaria la hizo en Chile durante el destierro que sufrió mi abuelo durante el gobierno de Sánchez Cerro.  Por ello, se quejaba de no haber podido aprovechar su vida escolar y más aún, no haber podido estudiar una carrera universitaria. “¿Para qué iba a ir una señorita de buena familia a la universidad, si no lo necesitaba?”. Palabras lapidarias de su madre. También por ello,  decía tener muy mala ortografía (nada aberrante diría yo). Sin embargo,  guardaba con devoción un manual abreviado con las reglas básicas para poner tildes, el uso de “s” y “c”, y algunas conjugaciones de los verbos irregulares. El librito amarillento siempre lo encontraba en el cajón de su cómoda (el cajón más interesante que he visto en mi vida, por cierto).

Mi madre casi no hablaba inglés.  En el mundo en el que se movió con mi padre era fundamental. Viajaban a USA por lo  menos dos veces año para asistir a algún congreso o charla. No obstante,  ella se defendía con uñas y dientes, pero le quedaba claro que pedir el desayuno en un hotel era su talón de Aquiles: “Tu papá se iba temprano a su evento y yo, como en las películas”, me contaba,  “soñaba con comerme unos perfectos huevos fritos con jamón. Era claro y fácil pedir simplemente Ham and eggs, como comprenderás. Pero mi problema venía cuando el mozo me preguntaba en su inglés mascado (me encantaba esa frase hecha) cómo quería los huevos y empezaba xvlixvlhx xvljxvomdox, fodxljfkdifyt, scramble?  Y yo solo decía: yes! Entonces siempre, siempre terminaba comiendo huevos revueltos. ¡No te imaginas cómo me molestaba! Pero igual me lo comía… ¡ja ja ja!”.

Mi madre guardaba una agenda de bolsillo con sus sufrimientos registrados. En el mismo cajón de la cómoda ya mencionado, había una agendita de cuero con las hojas de borde dorado. En ellas, como niña curiosa, un día descubrí que nosotros hubiéramos sido seis hermanos, y no tres. Un embarazo no logrado estando recién casada. Una niña fallecida en sala de partos y, tres años después un niño que sufrió el mismo destino después de los nueve meses de embarazo. Cada uno con nombre y en el día de la agenda indicado el año. Compleja y dolorosa lista de niños perdidos. Agendadas estaban todas sus cirugías. Las muertes de seres queridos.  Agendada estaba el día que mi padre se fue de la casa: “Fernando se fue, 1980”. Qué tal forma de archivar el dolor…

Pero mi madre también  reía, y mucho. La risa la ayudó a levantarse cada vez que se caía. Bromear sobre aquello que no sabía cada vez que quedaba en evidencia. Se reía de ella misma cuando contaba sus historias. Tenía un estilo del humor muy particular y muchas veces se reía ella sola. Me encantaba cuando estaba con cara pensativa y empezaba a sonreír de sus propios recuerdos y podía acabar en una carcajada franca de esas que no quería compartir.

Mi madre leía compulsivamente. Sentada en el sofá. Lentes puestos. Leía, leía y leía. Así volvió a mi memoria el otro día, cuando  un alumno me dijo que él leía mucho gracias a su mamá que siempre le recomendaba libros y que ahora estaba leyendo las obras de García Lorca. Esa fue la chispa que terminó incendiando mi cerebro para escribir este post. Este extraordinario escritor español era uno de los autores favoritos de mi madre. Mientras Mathías, mi alumno, me decía eso yo retrocedí en el tiempo. “Este es el libro que tienes que leer” El tomo empastado en cuero marrón enorme de las obras de teatro completas fue un desafío. La preferida de ella “La casa de Bernarda Alba”. La fuerza femenina que destila esa obra es la que ella tenía latente en las venas y que, de cuando en cuando, salía a flote.

Para mí, y me parece bueno compartirlo, la humanidad de mi madre reside en todo lo que he contado y tuve la suerte de ver. Lo comparto porque además me parece  doblemente importante ya que las madres suelen esconder sus debilidades ante los hijos, por mil y una razones: por miedo, por temor, por sobre proteger a los chicos para que no sepan que su madre es débil. La madre que llora en silencio, la madre que no muestra su inseguridad, la madre que no le dije a sus hijos que tiene una falla genética, la madre que trabaja a forro para que sus hijos no cambien de estilo de vida, la madre culposa.


No sé cómo cerrar este post. Tal vez solo aconsejando a mis amigas (y lectoras) que son madres: muéstrense como son. A las que son hijas todavía: observen y  no la pierdan de vista; luego, la memoria se encargará de hacer el resto. 

miércoles, julio 30, 2014

Una voz a la vez

Era un sábado cualquiera, teníamos diez años y salíamos a montar bicicleta donde nos daba la gana. No había tráficos, no había tanto peligros, vivíamos una infancia despreocupada y nuestras madres confiaban en la calle tanto como en nosotras. Junto con mis amigas paseábamos un día por el Real Club, precisamente en la calle Los Castaños.  Recuerdo que era una tarde soleada. Algunos carros estacionados y nosotras esperábamos para cruzar la pista.

En eso, sobre la parte izquierda llamó nuestra atención un Volkswagen con la puerta abierta, un hombre nos miraba. Y nosotras sentimos una situación incómoda ello, cuando nos percatamos a la vez que se estaba masturbando. De hecho, a esa edad, no sabíamos mucho que digamos qué es lo que él estaba haciendo mientras clavaba su mi mirada en la nuestra. Solo recuerdo que alguna de nosotras solo gritó “carrera hasta el Golf!” y salimos pedaleando a toda velocidad.

Detrás de nosotras, escuché la puerta del carro que se cerraba y que el motor se encendía. Mi imaginación, sin entender todo el escenario aún, solo tenía la capacidad de decirme: peligro, peligro. “Vamos por la izquierda”, grité. Es decir, contra el tráfico y luego entre las callecitas fuimos volviendo a la casa. Una decía “¿qué era?”, la otra: “se estaba tocando”, etcétera, etcétera. Pero la coincidencia fue “qué miedo, qué asco”. No sabíamos nada, solo que lo que vimos no era correcto en ese escenario.

Cuando Magaly Solier sufrió de un ataque sexual en el Metropolitano, tuvo la valentía de denunciar y  la suerte de ser quien es. Y todas hemos tenido la suerte de que ella sea quien es. Bastó UNA voz, SU voz para que por fin, se nos escuche. A nosotras nadie nos escuchó, por decir lo menos. A la adolescente manoseada tampoco, a la niña violada menos. Se puede encontrar con un médico legista que le humille más, un policía que no la escuche porque estaba con falda “provocativa”.

¿Entenderán las autoridades, de una vez por todas, cómo es el sentimiento?

Es complicado y lo será, pues pocos hombres podrán lograr a tener tal empatía con la víctima. 

Por eso, habrá que seguir levantando la voz, tu voz, mi voz, nuestras voces: a la vez.

martes, julio 22, 2014

Riesgos y zonas seguras

La zona segura, siempre será eso. Un lugar en donde nada te atormenta, nada te perturba. Un lugar donde la calma y la tranquilidad suele ser lo prioritario. Pero, ¿qué pasa cuando deja de serlo? Pues hay que tener el valor para dar un paso hacia afuera.

Se cruza en todos un tema importante. La edad. Una cosa es dar un paso hacia afuera cuando tienes veinticinco o treinta años y otra muy diferente es cuando tienes cincuenta o sesenta. ¿Vale realmente la pena hacerlo? Si nos sentimos tentados a hacerlo, habrá que analizar varias aristas o simplemente tomar la decisión y cerrar la puerta detrás de nosotros.

En la relación de pareja por ejemplo, suele verse más seguido matrimonios que terminan cuando ambos bordean esa edad. No todos necesariamente porque haya una tercera persona. Simplemente, se prefiere dejar la supuesta zona segura porque tal vez fuera las cosas marchen mejor. Otros, no toman la decisión, puesto que la presión de la sociedad, de los hijos, el miedo a la soledad y la rutina pueden pesar más que la búsqueda de un bien mayor (mejor). Cabe aquí una pregunta que también puede ser válida – detalle que me hizo notar un lector- ¿hacen algo por rengancharse? ¿se trabaja para reorientar y recuperar lo perdido?

Pasa lo mismo en los empleos. Tal vez, el miedo a dejar la zona segura (laboral y hasta económica) hace que muchas personas permanezcan en un entorno que ya no los apasiona, que no los motiva, que no les permite ir más allá: sin embargo, tal vez aquí también podríamos aplicar las mismas preguntas.


Y ahora sí, creo que es válido que luego de contestar esas inquietudes, si la cosa no marcha, pues tomar la decisión de arriesgar. Aquí ya no importan los juicios de valor de los demás. Luego de revisados todos los ángulos, pues pa’lante. Pero eso sí, nunca tires la puerta. No dejes tampoco una bomba de tiempo dentro.  Ciérrala con respeto y humildad, no dejes cabos sueltos; no vaya a ser que en algún momento tengas que volverla a tocar. 

martes, julio 15, 2014

La esencia es la misma.

Me sugirieron desarrollar algunos de los temas que publiqué en la lista del 7 de junio. Empiezo hoy usando el mismo orden. Aclaro que no desarrollaré todos, solo aquellos que recibieron mayor acogida. 

Siempre hemos escuchado que “genio y figura, hasta la sepultura”. En la gran mayoría de los casos esa máxima es totalmente cierta. Nacemos con varios condicionamientos genéticos a los cuales no podemos renunciar. El entorno y la educación van haciendo también su propio trabajo. Al ser adultos, somos el resultado de estos tres componentes que hemos ido cargando y moldeando desde niños.

Por ejemplo, hay personas egoístas en diferentes versiones. Tomo ese ejemplo porque creo que es el más común. EGO (todos lo tenemos) y se toman cantidades de decisiones basadas en nuestro propio beneficio antes que en el del otro. No hay que ser ciegos. Sin embargo, se puede dar el caso de observar a gente solidaria, desprendida, personas que a pesar de lo que vive mide su egoísmo natural, lo sopesa y controla, tal vez se tenga la inteligencia de imitar (emular) ese comportamiento en situaciones concretas. Bien por ello, pero luego… el carácter sale y se es, lo que se es.

Otro ejemplo típico de la convivencia. Me adecuo a mi marido, él se adecua a mí. Pero siempre tendrá sus manías (su desorden) y yo las mías (mi orden). Las discusiones de pareja caseras y mínimas desaparecieron casi por completo cuando POR FIN decidimos que reconocer que la esencia que conocimos en los 80s no había cambiado y menos, NO lo iba a ser.


El pesimista es pesimista, el optimista también, está el dramático, el exagerado, el celoso, el envidioso, el mediocre, el doliente, el sarcástico. A veces no los hace ni mejor ni peor. Pero si lo tienes de amig@ o pareja recuerda que no lo vas a hacer cambiar: quiérelo tal como es. Si no te gusta, huye. Si no lo reconoces... te recomiendo ser más observador. Puede pasar desapercibido y causar un gran daño cuando ya tomó dominio del terreno.

domingo, julio 06, 2014

HOY POR HOY

Hoy recordé que hace un par de meses atrás, en una reunión, mientras conversábamos de realidad nacional, política, actualidad y otros menesteres… uno de los invitados que me acaban de presentar me preguntó si yo también era abogada: no sé por qué hizo la deducción. Cuando le dije que no, que era profesora,  su comentario inmediato fue: ¡qué bonito!. Y luego siguió enfrascado en el tema “alturado” que lideraba la conversación.

El susodicho que hasta ese momento se había mostrado como un ser inteligente, culto y sensible, literalmente se me cayó al piso. Lo siento mucho y seré sincera, pero sus palabras me parecieron terribles. ¡Qué bonito! ¡Qué lindo! Tamaña estupidez. Confieso que por respeto a mis anfitriones y al resto de la concurrencia guardé silencio y sonreí. Luego, recordé las palabras de una madre de familia que un día me dijo que entendía que uno era profesora cuando no podía ser otra cosa en la vida. Nuevamente, por respeto a mi trabajo, también sonreí.

Este post va dirigido a todos aquellas personas que siguen menospreciando la labor de un profesor de colegio, porque seguramente al ser una de las profesiones más antiguas del planeta continua siendo poco respetada, y hasta devaluada en el siglo XXI.

Hoy no me callo. Hoy que se celebra el Día del Maestro el adjetivo “lindo” me parece más idiota y más estúpido que nunca.

Ser profesor es tener agallas, es tener huevos, es tener ovarios. Ser profesor es luchar cada día con padres que siempre creen saber más que uno. Ser profesor no es cerrar la oficina a las 5 de la tarde para irte a tu casa. Es corregir hasta altas horas de la noche, sacrificar tiempo en familia, preparar clase. Es buscar nuevos recursos para que tu alumno se involucre en su aprendizaje y le guste lo que le enseñas. Ser profesor es guiar una mano para que vaya trazando su nombre, su identidad, su opinión. Para que sepa qué significa 2+2 y que no solo memorice que es 4, sino que sea capaz de representarlo en toda su dimensión. Ser profesor es manejar la tolerancia, es trabajar para 30 alumnos aunque solamente 5 te presten atención y tengas que respirar muy hondo para no matar al resto. Ser profesor es reírte de las ocurrencias, es poner límites aunque te odien por un momento. Es plantarte con reglas claras sin ser fanático y hacerle entender a unos padres de familia que su hijo no es como ellos creen. Es buscar que tus alumnos amen el conocimiento, que desarrollen su curiosidad, que no le crean todo a Wikipedia y que confíen más en ti.

Todo lo que le enseñamos a los alumnos está en internet. En mi caso, verán obras, resúmenes, autores, movimientos literarios, historias, audiolibros, películas. El procesador de textos les dirá cómo hacer una carta. Por “default” se les corregirá la ortografía. Podrán plagiar trabajos, podrán encontrar un canal de youtube con las clases, seguramente. Ser profesor está pasando de moda… pareciera.

NO ES BONITO, no es fácil. Es un desafío diario y cada vez lo es más.

Y sí pues… todo está en la Web, pero el cómo se lo enseñamos, no lo está. La huella que dejamos, tampoco. 

¡Feliz día a mis maravillosos colegas! A los que fueron mis profesores en el colegio, a los que trabajan conmigo en el Cambridge y a todos mis amigos que siguen esta maravillosa, extraordinaria ocupación, carrera, profesión, vocación. 




martes, julio 01, 2014

Al azar

El tiempo pasa y al mirar atrás, veo un vacío de semanas en el que he estado muy alejada de lo que me gusta hacer a mi manera: escribir.

Es cierto que a veces uno tiene que tomar distancia, y ese espacio resultante nos permite tener una mirada diferente sobre nosotros mismos. Alejo Carpentier, decía en así en su novela “Concierto Barroco”: poner la mar de por medio.

La vida cotidiana nos engulle cada día más, al mí al menos me traga el tráfico, el trabajo, manejar, como a todos. Nos desgastamos pero a la vez somos luchadores de la vida, a nuestra manera y con nuestros propios medios y nuestros propios demonios. Nadie tiene derecho a quejarse, decía alguien el otro día; ello, ante la realidad difícil de una historia cercana. Y es verdad. Ante esa sentencia, todos deberíamos cerrar la boca porque siempre se encuentra uno que la pasa peor.

Pero el juego de la vida no es ese. Los pesos específicos del sufrimiento son diferentes e incomparables. El sufrimiento una niña que perdió a su muñeca favorita a los tres años era inmedible. El dolor de un amigo cuando perdió a su esposa no lo puedo describir. Seguramente, he usado terribles ejemplos, incomparables por su naturaleza. Pero son reales. Existen en sus dimensiones personales. Es como el umbral del dolor. Nadie tiene por qué juzgar.

Estamos acostumbrando a juzgarlo todo. Entre ello, el dolor propio y ajeno. Enaltece si uno aguanta; de eso no cabe la menor duda. El que se queja mucho, pierde.
Alguien pensará que de esto ya he escrito antes, es cierto. No obstante, este es uno de esos post en los que empiezo sin saber exactamente qué voy a decir y acabo hablando de un tema que está en lo cotidiano, en el día a día.


No hay lección, no hay consejo. Solo reflexión.