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miércoles, septiembre 10, 2014

Era ayer, y yo me acuerdo

Cuando nosotros éramos niños y espero que en el “nosotros” se incluyan muchos lectores, soñábamos con ser grandes. Ser grandes era señal de independencia, libertad, tener la sartén por el mango. En pocas palabras, poder hacer lo que nos daba la gana.

Creo que teníamos una ligera conciencia de que además, implicaba asumir ciertas responsabilidades puesto que del tipo de vida que habíamos llevado de niños crecíamos con algunas herramientas valiosas. Pedir permiso, respetar a nuestros padres, estudiar para pasar el año (aunque fuese raspando), estudiar al menos mes y medio en el verano si no pasabas, meternos en algún taller de vacaciones útiles, entre los que recuerdo. Un conjunto básico de muestras de responsabilidad que te obligaban (a veces a la fuerza) a asumir ciertos compromisos. En resumen, algunas pinceladas de preparación para la adultez.

Cuando los años iban pasando, muchos padres iban soltando ciertas amarras, permisos. Llegar un más tarde, quedarnos a dormir en casa de amigos, tomar el bussing solos, fumar. La lista puede ser larga, despendía en todo caso del estilo de crianza y nuestro comportamiento.

Jugábamos a romper las reglas, quién no. Jugábamos a tensar la cuerda, quién no. Jugábamos a subir la hora de llegada. Jugábamos, discutíamos, gritábamos, tirábamos puertas; sin embargo, sabíamos perfectamente que un NO era un NO, y que si levantábamos la voz más de lo acostumbrado algo perderíamos en el camino o cargaríamos con las consecuencias.

Queríamos ser grandes, liberarnos. Queríamos ser dueños de nuestras propias vidas. Eso quería yo, al menos, cuando era niña y más cuando fui adolescente. Cuando cumplí 18 años, seguía queriendo lo mismo y recién cuando empecé a ganar mi propio dinero pude “sentir”, realmente “sentir” que la independencia era algo más que hacer lo que me diera la gana.

No sé en qué momento dejé de ser adolescente para convertirme en adulto, supongo que esa línea difusa fue formándose de a pocos, pero fue duro. Fue una lucha dolorosa. Recuerdo algunas esporádicas peleas con mi madre, lágrimas, palabras mal dichas, frustración y euforia. Nada grave, no por ello menos doloroso.

Hoy, en pleno siglo XXI, vivimos una diaria contradicción. Los niños de once años aún no quieren ser como su mamá, quieren ser como su prima X que la pasa “chévere”; no le encanta jugar xaxes, quiere maquillarse, hacerse la Keratina, entre otras miles de actividades típicas de la adolescencia actual. Obviamente quien tiene Facebook publica parte de sus logros, sus viajes, sus gustos, mil detalles de su vida personal (e íntima).

Est@ niñ@ de once años, se le plantará a los papás, le dirán lo que quiere, cuándo lo quiere y cómo lo quiere. Reclamará cómodamente, conchudamente que “le llega esperar” y que “mejor vamos porque estoy abrumado@”. 

Dramatizará con todo el disfuerzo loco imitar formas de hablar: “ay oye”, “fácil que…”, “de la nada…”, “…qué te pescaste el fin de semana”. Verá algún reality con devoción porque le encantaría participar o tener el propio y le parecerá mostro, que “un murciélago sea un conjunto se islas”. 

miércoles, septiembre 03, 2014

Saber decir NO

No sé si es nuestra sociedad, nuestra idiosincrasia peruana o qué. Pero lo cierto es que seguimos teniendo miedo a decir que no. Ojo, no tiene nada que ver con quejarnos cuando nos mandan a hacer algo que se contempla dentro de nuestras responsabilidades y aunque nos disguste, carezcamos de tiempo tenemos que hacerlo.

Decir NO, es simplemente dar un mensaje directo. No quiero hacerlo, no puedo hacerlo, no es correcto hacerlo, no me provoca hacerlo, no debo hacerlo, y todas las variaciones que ustedes puedan crear. Tenemos miedo a que el receptor de nuestro mensaje se enoje o se sienta defraudado.  

Es más fácil decir sí que no. Es fácil hacernos querer, porque la gente dirá que siempre estás dispuesto, que “no sabes decir que no”.

Peor es cuando decimos no frente a una invitación. No tengo ganas de salir, pero buscamos excusas de cualquier tipo para evitar ofender. ¿Por qué tendría que ofenderse alguien si le dices la verdad con cortesía? Sin embargo es lo que vivimos en el día a día.

Cada vez que he visto alguna situación (mía o ajena) en la que se exprese la negativa de hacer o continuar haciendo algo, termina mal. Hay un ofendido, hasta se puede perder el saludo del involucrado. Como dice una amiga: “fui expulsada del reino por decirle a X que ya NO iba a poder ayudarla más, me condenaron al destierro social”. Solo me quedó aplaudir su decisión y confirmar la estrechez mental de ciertos individuos.

Igualmente, a veces decir no, es justamente la respuesta contraria que espera el que requiere: espera un SI, un tajante POR SUPUESTO. El "no" a pesar de ir acompañado de un argumento lógico y razonable le cae como balde de agua helada y se desilusiona al escucharlo. Se puede enceguecer y obnubilar tanto que es incapaz de analizar las razones reales y hasta sanas de la respuesta. 


Es cierto, es difícil recibir un NO. Pero hay que entender que en varios casos recibir un SI sería contraproducente y jugarnos en contra. Revisar razones, revisar argumentos, revisar coyunturas, nos guste o no. Tenemos que aprender a escuchar esa palabra, tenemos que aprender a decirla. 

domingo, julio 06, 2014

HOY POR HOY

Hoy recordé que hace un par de meses atrás, en una reunión, mientras conversábamos de realidad nacional, política, actualidad y otros menesteres… uno de los invitados que me acaban de presentar me preguntó si yo también era abogada: no sé por qué hizo la deducción. Cuando le dije que no, que era profesora,  su comentario inmediato fue: ¡qué bonito!. Y luego siguió enfrascado en el tema “alturado” que lideraba la conversación.

El susodicho que hasta ese momento se había mostrado como un ser inteligente, culto y sensible, literalmente se me cayó al piso. Lo siento mucho y seré sincera, pero sus palabras me parecieron terribles. ¡Qué bonito! ¡Qué lindo! Tamaña estupidez. Confieso que por respeto a mis anfitriones y al resto de la concurrencia guardé silencio y sonreí. Luego, recordé las palabras de una madre de familia que un día me dijo que entendía que uno era profesora cuando no podía ser otra cosa en la vida. Nuevamente, por respeto a mi trabajo, también sonreí.

Este post va dirigido a todos aquellas personas que siguen menospreciando la labor de un profesor de colegio, porque seguramente al ser una de las profesiones más antiguas del planeta continua siendo poco respetada, y hasta devaluada en el siglo XXI.

Hoy no me callo. Hoy que se celebra el Día del Maestro el adjetivo “lindo” me parece más idiota y más estúpido que nunca.

Ser profesor es tener agallas, es tener huevos, es tener ovarios. Ser profesor es luchar cada día con padres que siempre creen saber más que uno. Ser profesor no es cerrar la oficina a las 5 de la tarde para irte a tu casa. Es corregir hasta altas horas de la noche, sacrificar tiempo en familia, preparar clase. Es buscar nuevos recursos para que tu alumno se involucre en su aprendizaje y le guste lo que le enseñas. Ser profesor es guiar una mano para que vaya trazando su nombre, su identidad, su opinión. Para que sepa qué significa 2+2 y que no solo memorice que es 4, sino que sea capaz de representarlo en toda su dimensión. Ser profesor es manejar la tolerancia, es trabajar para 30 alumnos aunque solamente 5 te presten atención y tengas que respirar muy hondo para no matar al resto. Ser profesor es reírte de las ocurrencias, es poner límites aunque te odien por un momento. Es plantarte con reglas claras sin ser fanático y hacerle entender a unos padres de familia que su hijo no es como ellos creen. Es buscar que tus alumnos amen el conocimiento, que desarrollen su curiosidad, que no le crean todo a Wikipedia y que confíen más en ti.

Todo lo que le enseñamos a los alumnos está en internet. En mi caso, verán obras, resúmenes, autores, movimientos literarios, historias, audiolibros, películas. El procesador de textos les dirá cómo hacer una carta. Por “default” se les corregirá la ortografía. Podrán plagiar trabajos, podrán encontrar un canal de youtube con las clases, seguramente. Ser profesor está pasando de moda… pareciera.

NO ES BONITO, no es fácil. Es un desafío diario y cada vez lo es más.

Y sí pues… todo está en la Web, pero el cómo se lo enseñamos, no lo está. La huella que dejamos, tampoco. 

¡Feliz día a mis maravillosos colegas! A los que fueron mis profesores en el colegio, a los que trabajan conmigo en el Cambridge y a todos mis amigos que siguen esta maravillosa, extraordinaria ocupación, carrera, profesión, vocación. 




martes, marzo 04, 2014

y vamos treinta!!

Este mes en el que arranca mi labor de colegial como versa la Décima del gran Nicomedes, cumplo treinta años de haberme puesto de pie por primera vez frente a un aula de clases.
1984: Luis Jaime Cisneros me reclutó para formar parte de su grupo de Jefes de Práctica de Lengua I en la PUCP. Chiquilla ansiosa, inexperta y totalmente insegura un martes a las 6 pm de una cálida tarde veraniega me enfrenté al primer grupo de treinta alumnos que solo tenían tres años menos que yo...¡qué terror! A las ocho de la noche, después de dictar me desinflé exhausta. ¿Qué les puedo decir?

Poco a poco fui descubriendo hacia dónde me llevaba mi carrera, porque me quedó claro que ella me llevaba a mí. Estudiar Literatura sonaba en esos tiempos como algo exótico, mi madre jamás lo entendió, vertió lágrimas cuando le dije que no iba a ser abogada sino "literata". Pero no podía mentirme a mí misma. Mis estudios me llevaron de las aulas universitarias a las pre-universitarias. Larga data en ambas, pasaron justamente diez años en las que combiné los dos trabajos casi en paralelo. Y la vida me siguió llevando y yo, dejándome llevar.

En marzo de 1994 di mi primera clase escolar. En un salón tenía catorce alumnos, en el otro veintidós. Tremendos adolescentes. Tengo los nombres grabados con lacre en mi cerebro. Cada día un reto, cada día un desafío. Cada día tenía que sacar del "tongo del mago" un truco nuevo para convencerlos de que leer valía la pena. Han pasado veinte años desde ese día. 

Hoy son padres y madres de familia; hoy son profesores; hoy son escritores; hoy mueven el mundo.

Es difícil entender la adrenalina que se siente cuando uno se para frente a un salón de clase. No es el hecho huachafo de impartir conocimiento. No es una chamba altruista, romántica, quijotesca... No lo creo así. Es un desafío, eres como el actor "extra" que reemplaza a los padres. Eres el responsable de que la escena salga bien porque serás el culpable si no resulta.  

Yo busco mi parte en este juego de la enseñanza,  soy una interesada de lo peor en esta dinámica del día al día,  quiero mi tajada. Por ello, afilo todos mis sentidos para refrescarme con su adolescencia o solo sentarme a leer entrelíneas sus historias. Compartir sus historias, cargar con sus historias. Reírme de sus historias y frustrarme con ellas.

Los chicos de 1994 ya no son los de 2014. Hoy es más difícil ser adolescente. Se diga lo que se diga. Mi desafío ya no es convencerlos SOLO de que lea. El diario desafío es convencerlos de que algo ganarán dentro del salón. Son ellos los que eligen su ganancia.

Yo tengo la mía hace treinta años.

martes, diciembre 17, 2013

Las mejores perlas del año


Siempre pienso que debería tener un archivo especial para todos los comentarios maravillosos que sueltan mis alumnos de vez en cuando. He escuchado de todo en esta vida, sacando cuentas pronto cumpliré treinta años desde que Luis Jaime Cisneros me dio el primer empujón para pararme frente a un aula: marzo del 84. ¡Cómo pasa el tiempo! Los años de docencia universitaria, luego en la inolvidable academia Trener y ahora en el colegio me van dejando huellas simplemente geniales.

Inolvidable y ya un clásico, cuando un alumno –analizando “El túnel”- me dijo que Juan Pablo Castel se creía un “ya no ya”…. O cuando otro me preguntó si la Edad Media era antes de Cristo o después de Cristo. Algunas se me diluyen en la memoria y me mata la pena porque a estas alturas de mi vida son irrecuperables.

No obstante, antes de que caigan en algún lugar recóndito de mi memoria tengo que dejarles algunas que he coleccionado este año.

1.    Ante la pregunta: ¿cuáles eran los nombres de los tres mosqueteros? La respuesta inmediata acompañada de una sonrisa que iluminaba el rosto de NN fue: Gaspar, Baltazar y Melchor.  

¡HERMOSO!

2.    Mientras se realizaba la lectura silenciosa de un cuento. A boca de jarro surge una pregunta: No entiendo…. ¿cómo le robaron? Yo, en ese momento, no recordaba para nada que hubiera habido un hurto en el argumento, sabía que el protagonista se había emborrachado pero nada más… pero la confusión del estudiante era de tamaña intensidad que dudaba de mi misma.

Otra alumna salió a mi auxilio…no- dijo- seguro que se ha confundido. No le roban. Lo que pasa es que aquí dice “lo asaltaron los escrúpulos”:…

3.    Esta última va más allá del conocimiento académico, es inocencia pura. Conociendo a la criatura, estoy totalmente convencida que no hubo dolo ni mala intención en su pregunta. Ello, eleva la anécdota a la genialidad.

-Miss, hoy día ¿es tu cumpleaños?

-Sí, NN, hoy cumplo cincuenta!

- ¡Ala miss! y ¿a los cincuenta, las mujeres todavía celebran?

¿Cómo no va a ser un placer trabajar con estos chicos?

martes, diciembre 10, 2013

Última clase

Cuando acaba el año escolar suelo tener una última clase especial con mis chicos y en  especial con los de 3ero de media. Escojo esa promoción porque los de 5to tienen otro chip –además de haberse ido antes- y los de 4to ya están pensando que falta poco para acabar el colegio.
Para mí, 3ero es un grado especial. Recibo a un grupo nuevo y busco encaramelarlos con el bichito de la lectura. A veces lo logro. Trabajo cada día por hacerles entender cuán importante es leer. Cada año es más duro. Ello, por mil y un razones que sobran analizar. Hoy, cerrando el año les puse en pantalla (Smart Board) una lista de los que yo consideraba los Top Ten clásicos de la literatura universal y que habíamos revisado de una u otra manera durante el año.
Sin embargo, mientras que mi discurso iba planeado a  decirles que en algún momento de sus vidas leyeran esas obras, me di cuenta que el mundo que cada uno de mis alumnos vivía estaba reflejado en la pantalla. Mi hoja de ruta cambió. Aquí va la idea general de lo que les dije.
A los quince años uno sabe que falta mucho por vivir, pero cree que lo ha vivido todo. Solemos decir que los adolescentes no saben lo que es la vida, pero a veces no somos capaces de recordar que a esa edad un problema puede ser una tragedia griega. La vulnerabilidad y la sensibilidad están a flor de piel, y al igual que en “La divina comedia” alguno de mis alumnos puede pasar del Infierno al Purgatorio y de ahí al Paraíso.
Otro de mis chiquillos puede sentir tanta culpa como Ralkolnikov en “Crimen y castigo” o ser tan malévolos como Yago en “Otelo”. Puede haber sufrido enormemente por la separación de sus padres léase Karenin y Anna. Un adolescente puede tener grandes sueños como Don Quijote o ser tan campechanos como Sancho.
Más de uno vivirá su miseria cada vez que está sentado en un salón de clase o soñará con salir adelante emocionalmente a pesar de todo lo que lo rodee, como Jean Valjean.  Más de uno tendrá una madre intransigente, más de uno y querrá patear el tablero de lo correcto como en las obras de García Lorca.
 Y la gran mayoría, seguramente, subirá a su movilidad y se tragará todo el tráfico limeño deseando una sola cosa: llegar a casa, como Ulises.
Eso le hice ver a los chicos: el año que hemos recorrido en la literatura es un espejo de lo mismo que ellos han vivido durante treintaiséis semanas. Emociones que se encuentran en esas obras. En la última hora de clase tenían que entender en la literatura está nuestra esencia, nuestra humanidad. En ella sentimos, nos observamos y nos reconocemos una y otra vez.

martes, octubre 22, 2013

Orgullo de hijos


Los padres solemos sentirnos orgullosos de nuestros hijos, es casi un deber. También, si somos honestos, también pasamos -alguna vez- por la vergüenza que solemos callar.
Conversando de esto con un grupo de maravillosos adolescentes, les decía que los padres éramos como que los orgullosos por naturaleza. Si no había un gran motivo para hacerlo, igual buscábamos algún motivo para hacerlos. No se sacará buenas notas, pero es un extraordinario deportista, a veces no se porta bien pero es muy noble, Somos padres que hemos aprendido a alimentar la autoestima de nuestros hijos y con buenas intenciones. Creo que muchos de nosotros pertenecemos a una generación que se caracterizó por tener padres que no expresaban mucho que estaban orgullosos de nosotros, puesto que cuando hacíamos algo destacable era lo que se esperaba y no implicaba ningún mérito extra. Y así se los hice saber.
Justamente, por esa razón les comenté que generalmente los padres sabemos que los hijos se avergüenzan de nosotros, es más: ponen una cara clásica de “pucha, qué hice para merecer esto!” Pero ¿cuándo se sienten orgullosos?
Me quedé sorprendida y emocionada con las respuestas, por cuestiones de privacidad no voy a compartir las que son evidentemente más íntimas. Sin embargo, destaco por igual las que generosamente me regalaron.
·         Por haber trabajado desde chico y sin tener carrera universitaria llegar a donde ha llegado.
·         Por preocuparse siempre porque todos estemos bien.
·         Por mantenerse unidos como pareja a pesar de todo.
·         Porque por fin se aceptan bien aunque ya no estén juntos.
·         Por oírme siempre, aunque yo diga tonterías.
·         Por alcanzar sus metas y demostrarme que sí se puede sin importar los obstáculos.
·         Porque se muestra como es: con sus virtudes y defectos.
Elocuente. Los chicos no viven como si la vida siguiera de frente (aunque a veces lo parece). Son sensibles, son conscientes, se dan cuenta, sienten orgullo aunque no lo digan pero aproveché para sugerírselos. Los papás también necesitamos un “espaldarazo” de vez en cuando, saber que estamos haciendo bien las cosas.

martes, julio 09, 2013

La verdad en el Día del Maestro, aunque duela

El sábado se celebró una vez más el Día del Maestro y justamente hace unas semanas atrás leí un artículo sobre las cosas que a veces los profesores queremos decirle a los padres. Un acto de valentía, por cierto. Lo políticamente correcto en estos tiempos, se ha vuelto una frase-disfraz que esconde toneladas de verdades que uno tiene que callar.  Los padres de hoy no son ni la sombra de los que fueron los suyos o los de generaciones anteriores.

No puedo tapar el sol con un dedo, pero todos los que trabajamos en el mundo educativo (de cualquier nivel) nos encontramos de vez en cuando con la misma piedra en el zapato: la imposibilidad de decirle a los padres, cara a cara, cómo son sus hijos o al menos, cómo nos muestran ser en un salón de clase.

Yo he decidido hacer mi lista de "ruegos" porque parece que otros formulismos han caído en desuso.

* Padre/Madre de familia, te ruego que juegues para mi equipo. Queda claro que ambos queremos el bienestar de tu hijo, que sea mejor persona, que entienda los límites, que sea empático con los demás , que valore el conocimiento. Juega para mi equipo y respeta mi palabra. Si, como puede ser posible, no te gusta: guarda silencio frente a tu hijo. Habla conmigo pero con fundamento.

*Padre/Madre de familia, te ruego que me creas. Paso con tu hijo al menos seis horas diarias, si no es en clase, me lo cruzo a cada rato, lo saludo al llegar, me despido al salir. Créeme cuando te cuento lo que ha hecho en el colegio,  no estoy inventando, no estoy fabulando.  Las cosas ocurren tal cual. Es cierto que tú lo pariste, creaste, engendraste y lo conoces más que yo. No obstante, no sé si en tu día llegas a estar con él al menos 90 minutos completos.

*Padre/Madre de familia, te ruego que le enseñes buenos modales. No hablar con la boca llena, no comerse los mocos en clase, darme el paso si nos cruzamos, botar la basura en  el tacho, comer con la boca cerrada, sentarse derecho en la silla, guardar silencio cuando un adulto le habla....

*Padre/Madre de familia, te ruego que no le leas los correos privados que te mando a ti para hacerte algunos comentarios sobre sus avances. Si quisiera que él estuviera al tanto, ese mensaje se lo mandaría a él ¿no crees? Confíale a tus hijos otra correspondencia, la de tu mejor amiga, la de tu socio, pero no la de su profesor. ¿Cuál es el punto?

*Padre/Madre de familia, te ruego que no seas ciego. Si te digo que tu hijo fuma como "chino en quiebra" (aunque sea asmático), si tu hija va camino a ser Lindsay Lohan sé que te va a doler y mucho. Pero quiero ayudarte a quitarte el antifaz: ayúdalo/a y no me cuentes la historia de que el/ella nunca sería capaz de mentirte...

*Padre/Madre de familia, seguramente eres especialista en algún área laboral. ¿Te aconsejo yo acaso de cómo llevar tu empresa? ¿cómo tomar decisiones en su trabajo? ¿cuestion0 tus forma de resolver los problemas con tus trabajadores? ¿lo haces tú con tu médico, con tu contador, con tu abogado? te ruego, no me cuestiones porque simplemente no te gusta cómo cumplo mi trabajo y menos, no lo hagas delante de tu hijo.

*Padre/Madre de familia, te ruego que no le compres un celular de mil soles. Esa cantidad está por encima del sueldo mínimo de nuestro país. ¿Hizo algo por ganárselo? ¿Qué es ese algo?

*Padre/Madre de familia, te ruego que le quites el cinturón de seguridad de vez en cuando: deja que se golpee, que se empape de esfuerzo, que le cueste. No le hagas la tarea, no reclames si recibe un castigo basado en las reglas del sistema que TÚ elegiste, no lo defiendas porque es irresponsable. Vuelvo al primer ruego: juega para mi equipo.
Por último, y no menos importante: te ruego que RESPETES mi trabajo y mi palabra.
Espero, de corazón, que mis ruegos sean escuchados.
AMÉN

jueves, febrero 28, 2013

De vuelta al inicio del año

Los sentimientos encontrados vienen de todos lados. Muchos de nosotros ya estamos esperando con ansia, entusiasmo, ilusión empezar un nuevo año escolar. Es como un lienzo en blanco -con los mismos pinceles y colores- pero en blanco al fin y al cabo. Otros colegas, espero pocos, resignados al sino de la docencia dan inicio y vuelta al "cassete" para volver a hacer lo mismo que en años anteriores... y dale que dale.
 
Los chicos... se acaban las vacaciones, no se acuerdan nada del año anterior, y tienen que dejar por lo menos, por algunas horas  (eternas) el Facebook, el whatsapp, o lo que sea que los mantiene comunicados con el mundo. Ahora estarán comunicados con sus pares ocho horas al día... pero no es suficiente. Nunca es suficiente cuando de pasarla bien se trata. A pesar, de que a sabiendas perciben cierta conciencia de haber caído en el tontódromo de la vida veraniega. Playa/casa/ tono. Discúlpenme las minorías por abandonarlos.
 
Los padres, muchos de ellos, pondrán nuevamente su fe en que el colegio hará lo que ellos no pueden. Mantener al chico en zona segura, bajo control y recibiendo algunas lecciones de vida. Sin darse cuenta que esa actitud -que los chicos notan- ya es una lección per se.
 
Esta es la complejidad del inicio de clases. El maestro en el siglo XXI ya no tiene solo como desafío en enseñar. El verbo ha crecido en contenido. Hoy hay que luchar, involucrar, moldear, hacerlos creer, producir, motivar, convencer, actuar, enamorar, entusiasmar, contagiar, corregir, atacar, defender, ironizar, cobijar, corregir, corregir, corregir, escuchar, aconsejar, aguantar, tolerar, mirar, observar, arriesgar, AMAR, AMAR, AMAR.
 
No es fácil, a pesar que alguna vez una madre de familia me dijo: es que cuando no puedes aspirar a otra cosa... eres profesor...
 
Tuvo razón: no puedo ser otra cosa porque no me hallo en otra cosa. El ser profesor te tiene que correr por las venas.

Bienvenido!

martes, noviembre 27, 2012

Aprender en el aula

Siempre he considerado a mis alumnos seres especiales. Lo son porque su generosidad me sorprende todos los días, la capacidad que tienen, su juventud, su sentido del humor... y por sobre todas las cosas: todo lo que son capaces de enseñarme.
 
Un alumno de 5to de media, me ha ido dando muestras de ser capaz de descubrir a diferentes autores fuera de la frontera de lo que trabajemos en clase: ha ido más allá de lo básico con Borges, con Cortázar y ahora, que tuvo que hacer -en grupo- una "clase magistral" sobre Mario Benedetti llevó un texto que a él le había encantado.
 
Ricardo Padilla (me tomo la libertad de citarlo y ruego al resto no ponerse celoso) brilló en la elección de un ejemplo del estilo de este autor. Me dejó sorprendida, gratamente sorprendida y encantada con el texto que ahora pongo a disposición.
 
La lectura puede ser una, pero si somos capaces de leer entre líneas, descubriremos al igual que Ricarlo la riqueza de este pequeño y gran texto, de uno de mis autores predilectos.


El OTRO YO



Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.

Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban:«Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.


FIN

martes, mayo 22, 2012

Las huellas que me dejan a mí

Hay relaciones que uno establece en la vida que empiezan en un punto y acaban en otro que jamás se pensó. Existen lapsos de tiempo en los cuales uno convive laboralmente con tiempos que son finitos, y sin embargo… la vida nos va devolviendo ciertos lazos que nacieron tiempo atrás y que uno hubiera pensado que se habían terminado en ese momento.
Conozco a muchas personas, que hoy tienen no más de 36 años y al menos por dos o tres años estuvimos dentro de un salón de clase durante cinco horas a la semana, durante 36 semanas al año…Nos vimos todos los días, nos saludamos todos los días, algunos hasta con beso volado todas las mañanas cuando llegaban a clase. Fui testigo de sus desazones, de sus dudas, de algunas decisiones equivocadas, de sus miedos, de sus carcajadas y a veces, de sus llantos. Sin ser dramática, entendí y sigo entiendo que hay química y a veces no la hay, que hay confianza y a veces no la hay… Si la hay, pueden darse relaciones maravillosas.
Me place tanto confirmar que de mi labor docente conservo esas relaciones que se alimentan no solo de recuerdos, si no de reflexiones, de cariño, de amistad. Personas de carne y hueso que no solo son un recuerdo, sino justamente eso: seres humanos que no llevo acartonados y perdidos en un Anuario, y cuya foto podría revisar cuando quisiera.  Personas que vienen y se van… sí las hay, pero tengo tantos que trascienden, que se quedan conmigo…Hombres y mujeres que son padres, que son madres, que saltan a la aventura matrimonial, al negocio propio, a los proyectos que no se acaban. Adultos que se cuestionan que caótica es la adolescencia hoy en día… adultos que se asustan del futuro de sus hijos… adultos que recuerdan cuando tenían 15 años y el mundo ni les importaba y todo parecía tan fácil y complicado a la vez.
Y el cariño y la química… no se la tragó la distancia, ni los años, ni el pasar de la vida.

martes, marzo 27, 2012

Educar hoy es diferente

Recuerdo que hace unos diez años atrás, cuando estaba haciendo una maestría en Asesoramiento Educativo, uno de los primeros libros que leí se llamaba: “Educar hoy es diferente”. Hablaba de los cambios sustanciales habían ocurrido en la sociedad y que de hecho, se reflejaban en el ambiente familiar, en donde: educar, era diferente. Obviamente, para aquellos que tenemos de cuarenta para arriba resultaba importante darnos cuenta que el modo en el que nosotros habíamos sido educados distaba mucho de las estrategias que debían usarse al dar inicio al siglo xxi.



No hace mucho, el futuro se presentaba medianamente manejable. Todos los niños se enfrentaban a lo mismo, los adolescentes venían con sus propias historias y cargas emocionales (los unos más que los otros) y los muchachos universitarios iban alcanzado una libertad con la que medianamente terminaban saliendo airosos para llegar mal o que bien “sensatamente” a la madurez.


Sin embargo, hoy me planteo demasiadas preguntas que comparto con ustedes, siendo mis hijos casi adultos estas se dirigen más a mis alumnos… y me aterro pensando en lo que será el mundo de mis potenciales nietos:






  • ¿hacia dónde debe ir la educación de nuestros hijos?




  • ¿hasta dónde debo dirigir a mis hijos?




  • ¿qué tipo de futuro los espera?




  • ¿cada cuánto tiempo la predictibilidad de ese futuro se destroza frene a mis propios ojos?




  • ¿cada cuánto tiempo la tecnología de ese futuro revoluciona y aparece “algo” para simplificarnos (o complicarnos la vida)?




  • ¿cambia ello la escala de valores que debo inculcarle?




  • ¿conozco realmente el tipo de sociedad en la que están viviendo?




  • ¿conocen ellos el futuro más que yo?


Reflexiono solo sobre una que es la que me inquieta… ¿de qué me sirve inculcarles tanto conocimiento del pasado, si el futuro me funciona a mí como un embudo? No termino de sorprenderme con lo que voy viendo a mi alrededor: mis alumnos manejan más y mejor la tecnología. Muchos(as) manejan un tipo de vida que no muestran tras sus ojitos vivaces, sus dulces palabras y sus gestos de cariño. Por el contrario, hay una ligera sombra de soberbia que te dice entre líneas: a ti te falta calle, tú no tienes ni la menor idea de lo que pasa afuera. Efectivamente: NO SE nada y mi deber es inculcarles conocimiento y algo más si me lo permiten … Muchos padres tampoco NO SABEN NADA, y también deberían inculcarles sobre todo: valores.


Educar hoy NO es diferente. Educar hoy es el reto más complicado que se nos plantea. Caminamos en un campo minado, y lo que antes eran casos excepcionales, está plagado ahora de de situaciones explosivas.




Tenemos que tener fe en las estrategias que estemos utilizando si pensamos en criar/educar seres independientes pero PENSANTES, capaces de resolver situaciones en las que sus padres ni maestros se las resuelvan.




Tengamos un compromiso frente a situaciones en las que sus padres no apañen ni justifiquen sus comportamientos. Situaciones en las que sus padres no vivan junto a ellos una adolescencia tardía. Situaciones en las que sus padres no le cuenten al mundo que su hijo es perfecto, puro, diáfano y cuasi beatificado cuando en realidad, en el siguiente parpadeo tiene una vida totalmente opuesta de la que se ufana. Como padres es duro, como profesores hay que tener la valentía de acompañar a esos padres...



Este post no pretende ser pesimista ni apocalíptico, solo busca reflexionar en estar como el perro del Hades: tener tres cabezas para pensar y los ojos BIEN abierto para mirar.

martes, marzo 13, 2012

Ser adolescente right now! Habiendo arrancado el año escolar

Para empezar el año escolar pienso que últimamente escucho a muchos adultos que se espantan de los tiempos que corren. Que antes los chicos no eran así, que antes no había Facebook, que antes la ropa no era aquella, que antes los chicos no tomaban como ahora, que antes, que antes que antes.






Varias premisas a analizar:



1. Que toman mucho: es cuestión de ver cuáles eran sus amigos, con quiénes paraban, o cuánto sabían de lo que pasaba alrededor. SI ES CIERTO que ahora, ya no hay que robarle el trago al viejo. Los chicos lo compran en cualquier parte. Y ojo, ahora se juntan y compran Johnnie Walker etiqueta roja. Nosotros hacíamos chancha y comprábamos Guinda Huaura o los tragos preparados en “La cárcel” en Surquillo. la "Pantera Rosa" por ejemplo.





2. Que no tienen privacidad, todo lo sacan en Facebook: solo digo que habría que ver qué hubiéramos hecho nosotros con esa red social, en nuestros tiempos. Basta con ver hoy, todo lo que NOSOTROS, los nacidos entre las décadas de los 50s, 60s, y 70s, en adelante ponemos. Hasta se dan el duelo por este medio.




3. Que no habían desórdenes alimenticios: no sabíamos qué nombres tenían… y estoy convencida que el tema era tan silencioso que hoy por hoy, muchas mujeres adultas lo sufren tanto o más que las chicas. Lo que pasa es que no es socialmente correcto. Habría que preguntarle a los Nutricionistas cuál es la edad promedio de sus pacientes.



4. Que chapan con todo el mundo. ¡Por favor! Que no lo hayas hecho tú o tú, o tu amiga no significa que la sexualidad no se expresaba como ahora.

PREMISA VERDADERA
Lo que pasa es que ahí sí todos coincidimos: todo lo vemos más. Con esto quiero decir que los tabúes se están cayendo. Los padres que ponemos menos límites porque a nosotros nos pusieron muchos; el hablar de sexualidad abiertamente; la permisión confundida con ser padres dialogantes y abiertos; el alto poder adquisitivo, la globalización, el consumismo generalizado, el mundo competitivo…. y la lista es larga.



Entonces en este entorno, no me vengan a decir que ser adolescente no es recontra difícil. Tienen el poder, tienen la libertad, tienen el entorno a su merced, pero siempre les faltará la madurez necesaria para tomar las decisiones correctas. Y hoy, hay demasiado para decidir.

martes, febrero 21, 2012

Sabores de infancia 2




Si tomamos en cuenta la publicación anterior, viene al caso contarles que ello me llevó a revisar un lindo libro que me compré hace muchos años atrás: El diente del Parnaso –recopilación de Antonio Cisneros-. Es un texto que recoge el testimonio de sesenta y seis peruanos destacados; en él, cada uno de ellos reflexiona sobre el arte del buen comer. Entre líneas uno termina siendo testigo de sus sentires, emociones, y preferencias en lo que se refiere a este placer que la vida nos da y cómo este trae a la mente otros aspectos de la vida.




Hace muchos años atrás tal vez ya sumen diez, les pasé a mis alumnos un texto que extraje de ese libro. Luego de la lectura, los invité a que cada uno escribiera lo que se les venía a la cabeza sobre el plato que resultaba siendo más importante para ellos (podían partir del sabor, del lugar, de quién lo preparaba, etcétera). Ejercicio parecido a la publicación anterior. En todo caso, el punto de partida era el plato, el puerto de llegada: impreciso. Y pasó una cosa que nunca me imaginé y que hoy que volví a revisar el libro la recordé, una anécdota especial digna de compartir, pero manteniendo la identidad del involucrado en el anonimato.





Mientras todos escribían, yo estaba aprovechando para corregir unos trabajos. En eso, empiezo a escuchar una suerte de gemido, muy callado, casi imperceptible, cuarta fila, quinto asiento. Una alumna levanta la cara hacia mí y con los ojitos me señala al compañero del costado. El chico (XYZ), tenía los ojos llenos de lágrimas y el llanto atorado en la garganta hasta que no pudo más, e inconteniblemente se echó a llorar…




Entre mi desconcierto, el de sus compañeros y su angustia, lo primero que hice fue acercarme a su carpeta e invitarlo a que me acompañara a salir de clase. Yo, torpemente (asumo mi total torpeza para consolar a alguien) trataba de hacerlo sentir mejor, y solo atinaba a decir: ¿estás bien? ¿qué pasó? ¿estás bien?








XYZ solo me decía: Miss perdóname, miss perdóname es que no me pude aguantar.. y seguía llorando desconsoladamente mientras que yo me rompía la cabeza imaginándome qué habría podido pasar para que se diera tal situación. En eso, me dio lo que había escrito. (Debió decir más o menos esto, según mi recuerdo –por cierto trato de respetar la redacción de un chico de esa edad-)




A mí me gusta mucho comer, creo que hay cosas que me gustan más que las otras, pero si tengo que pensar en algo especial uno de mis platos preferidos es el arroz con huevo frito, mi mamá siempre lo prepara y le sale buenazo. Sobre al arroz blanco coloca el huevo con la yema casi cruda. Cuando éramos más chicos yo y mi hermano creo que teníamos seis y siete años hacíamos carreras para ver quién llegaba primero para empezar a devorarnos lo que mi mamá nos preparaba cuando llegaba del trabajo. Esto también me hace acordar que estábamos contentos porque era riquísimo, pero también estábamos tristes porque mis papás se acababan de separar, y habían días que ella lloraba después de la comida porque decía que era difícil estar sola. Cuando nos fuimos a vivir a … no era fácil conseguir el arroz de acá pero mi mamá hacía lo posible para que le quedara como en Perú. Ahora que hemos regresado ya no cocina ella porque ahora vivimos con mis abuelos y a la empleada no le queda igual.




No sé por qué ahora que pienso en ese arroz con huevo frito, hasta me acuerdo del color del plato y el adorno que tenía pero me mucha pena y me emociono mucho acordándome… El texto obviamente se detenía ahí.








Su pena era enorme, su llanto reflejaba cómo el recuerdo de una comida lo había hecho sentirse ese niño tal vez desorientado por lo que vivía en ese momento, el hecho de ponerlo por escrito había revivido una época de su vida dura, complicada.








Las penas y las alegrías estaban presentes en un plato de comida.

lunes, noviembre 14, 2011

Pasión en la vida




Sería bueno conocer las estadísticas de cuántas personas sienten pasión por lo que hacen, o por quienes los rodean, pasión por una mascota, o por algún pasatiempo, pasión por leer, pasión por nadar, pasión el chocolate, pasión, pasión, pasión.


El término pasión, creo yo, lo entendemos más como una suerte de alteramiento, de afecto desbocado, pero a la vez se acerca a una definición de compromiso, de involucramiento con el objeto (lo digo de manera neutral) en cuestión. El DRAE (Diccionario de la Real Academia) nos entrega una de estas acepciones: Inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona. Estaba cerca, respiro tranquila.


Pensaba el otro día, que muchas personas toman la libre decisión de divorciarse cuando la pasión se les acaba, de un consentimiento, o de mutuo disenso poner término a esa relación y cada uno por su lado. Las razones que hay detrás de ello no serán tema de este post; sin embargo, me puedo quedan pensando en que si empiezan a tener conflictos internos en sus dinámicas –más si hay hijos incluidos- alguno de ellos buscando su bien, o el grupal, toma la decisión. Por ello, “hasta que la muerte los separe” creo que podría cambiarse “hasta que el desapasionamiento los separe”.


Con algunos trabajos pasa lo mismo. Hablo del que conozco y en el que ya tengo cerca de treinta años involucrada (empecé a los diecinueve, por si acaso!). Pero creo que cuando la pasión se acaba no hay que esperar la edad para irse, ni tampoco la edad que manda la ley para retirarse. No voy a entrar en tema que tienen que ver con recibir un sueldo fijo de nada ellos. Como en el matrimonio que termina, también hay un costo económico en ello.



Mi visión es práctica. Cuando un profesor no está motivado, apasionado, involucrado con lo que hace y solo es una suerte de trabajador que repite mecánicamente lo que manda el silabo, lo que le toca dictar, y repite al pie de la letra el libro de texto (o su similar) el primero que se da cuenta es SU alumno. No hay que subestimarlo jamás, puesto que es una esponjita a todo aquello que lo rodea, y está atento al que puede presentarse como aquel individuo que está en medio del salón del clase para convencerlo de que haga lo que él odia: estudiar. Pasa ocho horas al día viendo a unos seis salones en promedio que se vuelven su “eje de atención”; eje al que ignora o sigue. Eso depende del eje.

Me queda claro, yo lo viví con muchos profesores cuando era escolar, que cuando el profesor no le gusta lo que hace, y ojo que no tiene NADA que ver con la edad especialmente si uno trabaja con adolescentes y adultos, empieza a rodar por una especie de escalera de caracol que pareciera no tiene final (salvo que sea el despido). No obstante, en su caída, no se da cuenta que no tiene de dónde agarrarse y se arrastra con los brazos abiertos como dos hélices desbocadas que arrasa con todo lo que tiene a su paso: lo primero, los alumnos; lo segundo, sus compañeros de trabajo; lo tercero, sus responsabilidades y así sucesivamente. En pocas palabras, se vuelve infeliz. Como los matrimonios que pierden la pasión…


Tengo un maravilloso ejemplo del padre de una amiga mía, que cerca a sus ochenta años seguía viajando en colectivo una vez al mes desde Lima hasta un distrito en el departamento de Junín a dar sus clases magistrales. Leía, investigaba, preparaba su dictado y no dejaba de aprender. Solo la muerte le pudo ganar traicioneramente a la jubilación en la que él ni siquiera pensaba ¡Eso es pasión!

Si no soñamos con ello, hay que saber retirarse a tiempo por respeto a nuestros alumnos, ellos merecen más.

miércoles, agosto 10, 2011

Frases de aprendizaje


En los más de veinte años de labor docente he tenido la suerte de escuchar todo tipo de frases. Algunas felices, algunas infelices, algunas desastrosas, algunas inclusive irrespetuosas y ofensivas. Entiéndase como “tipo” la tercera acepción del Diccionario de la Real Academia Española: m. Clase, índole, naturaleza de las cosas.



Los que lean estas líneas y hayan trabajado alguna vez en una academia preuniversitaria recordarán frases célebres y típicas de padres (más que madres) enfadados que solían ser: “yo pago para que mi hijo ingrese”. Lapidarias palabras que implicaban, en la mayoría de los casos, un conocimiento real del nivel de compromiso del hijo en cuestión, de la base académica con la que la criatura llegaba a su preparación para el famoso y temido “examen de ingreso” o tal vez, el capricho del padre que tenía decidido el destino de su descendencia.




Es predecible coleccionar frases “maravillosas” cuando el profesor cuestiona el rol de los padres directa o indirectamente. Se puede esperar comentarios que encierran un agradecimiento por el consejo –en el caso ideal- pero hay otras que en estos años he recogido al vuelo o recibidas directamente que caen como escupitajo en la cara “es que como no puede ser más que una profesora…”



No obstante, hay otro tipo de frases maravillosas en su realidad, metafóricas, directas, sentimentales, honestas, crudas… simplemente un “boccato di cardinale”. Tengo en mi memoria dos linduras. Una por práctica y otra por idealista. Las comparto con ustedes con la libertad de mantener el anonimato de quienes me las regalaron. Además, como bien dice el dicho: uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice.




Frase 1: "A mi hijo/a yo le he dicho que hay dos decisiones fundamentales en la vida: la profesión que eliges y con quién te casas. Si te falla una, te quedas con la otra." Yo agregaría que si te fallan las dos...te jodiste. Esta persona es muy sabia puesto que ambas son decisiones que no se tomar al azar, o en todo caso si dudas de alguna en algún momento aférrate y desarróllate en la otra lo más que pueda. Son opciones en las que no solamente se piensan, sino que además debe haber una pasión de por medio. Cuando en el matrimonio se pierde la pasión, mucho terminan divorciándose o manteniendo un status quo aburrido y rutinario. Si en el trabajo se pierde la pasión es peor, sí creo que es peor... puesto que mantienes un vínculo de dependecnia estrictamente material. Al esposo/a hasta lo puedes evitar, ignorar... en el trabajo, ¿qué evitas, qué ignoras?




Frase 2: "Solo quiero para mi hijo/a dejarle una cabeza bien amoblada y un corazón lleno de amor..” ¿Qué más puedo decir? Solo desear que más padres piensen así. Escoger bien esos muebles, lo justo y necesario. Darles también la libertad de poder escoger ellos sus muebles, porque a veces se puede ser impositivo sin querer serlo. Hay que hilar muy fino para que eso funcione. Ni minimalista ni sobrerecargado. La frase per se es preciosa y altruista. Pero hay que tomarla con pinzas si lo vemos en lo quasi literal.

miércoles, julio 06, 2011

Día del maestro -segunda parte-

Suele ocurrir que como los padres no quieren pelearse con sus hijos para evitar que estos se separen de ellos (y vayan contra la naturaleza del proceso de adolescencia en búsqueda de su propio yo), generalmente le dan a la criatura una excesiva libertad para la que no está preparado. Definitivamente queda claro, que en realidad esta permisión es un respiro para los padres, puesto que ellos también tienen derecho de descargar su mochila para su propia distracción y no tener que sacrificarse en las idas y recogidas, supervisión, etcétera.



En este período, si los padres plantean así su relación, el chico que no es tonto, cuenta además con la complicidad de los amigos, el sobreuso del celular, la facilidad de conseguir un taxi, el usar ropa y maquillaje exagerados (que cambia al salir de casa). Es decir, contribuye a usar “maravillosamente” el tiempo libre; es decir, todo el día y toda la noche, especialmente si es período de vacaciones veraniegas.



Los padres no les colocan límites claros, límites que todo ser humano necesita, lo vigila a la distancia, confía exageradamente más allá de lo prudente, no coordina con otros padres frecuencia de horarios, permisos de llegada después de las fiestas, y obviamente, como pasa desde tiempos inmemoriosos: papi dice una cosa y mami dice otra…


Cuando sumamos lo anterior, a que los padres se dan cuenta que la cosa ha perdido el control y por ende, ya no son sujetos de autoridad. Asumen que sus hijos pueden tomar decisiones solos puesto que a los 14 o 15 años ya saben perfectamente, PERFECTAMENTE, qué es correcto o que es incorrecto… Cuando, como diría una vieja tía mía, no saben ni lavarse bien los dientes…


Ahora, sigamos sumando: estos padres reciben una citación del colegio. La falta de límites en casa ha llegado a invadir lo académico, y aparecen algunos problemas de los que hablo al inicio de mi reflexión. En ese momento pasa este pensamiento por la cabeza de los padres: O trato de que mi hijo esté en la cita para que el profesor vea cómo sé gritarle a mi hijo y llamarle la atención, o le soy severo con el profesor para que vea que yo sí soy modelo de autoridad y más bien, en el colegio NO SABEN cómo manejar a los chicos.



En el fondo, los chicos de estos padres sobreviven. Sobreviven a sus padres, sobreviven a sus profesores, entran a la universidad de su preferencia –gracias al facilismo del sistema (otro temita)- y seguramente les irá medianamente bien en la vida. Mi reflexión es ahora, al acabar, una preocupación: ¿esta generación de colegiales, cómo criará a sus hijos?


Feliz día a todos los que enseñamos, como padres, como profesores, como humanos. No bajemos la guardia. Como madre lo digo: la educación empieza en casa, sigue en casa y acaba en casa. La instrucción se inicia en el casa, sigue en el colegio y se valora en la universidad. Depende de la base para que la construcción de una persona no tambalee.

martes, julio 05, 2011

Día del Maestro, primera parte

En el próximo Dia del maestro mi reflexión se detiene en que los padres se quejan de lo que parafraseando a Pennac, podríamos llamar “mal de escuela”. ¿Qué es esto? Pues, que el chico tiene mucha tarea, al chico lo hacen trabajar mucho, el chico no entiende nada, el chico necesita profesor particular de todo, al chico sus profesores no lo entienden, el chico no tiene tiempo de leer, el chico es inquieto y no saben controlarlo, el chico es buen chico y si es un poco lento, travieso, o ligeramente explosivo… pues para eso está en la escuela: lo tienen que educar, lo tienen que comprender, lo tienen que aguantar… es más: para eso pago.



Si es profesor le llama la atención: me quejo. Si el chico solo se saca 11: protesto. Si lo han castigado por portarse mal: pido cita. Si le piden que cumpla con el reglamento del colegio en el que ya lleva diez años: pues hago un escándalo y grito a vista y paciencia de todos. YO PADRE, soy más fuerte. YO MADRE tengo la sartén por el mango. Mi hijo nunca se equivoca

¿Cómo llegamos a este punto? Para contestar esta pregunta, tenemos que hacer una revisión a la relación padres/hijos.

Cuando el colegio empieza, se espera que los hijos sean felices en su entorno, que aprendan, que sean los mejores, que aprendan, que se diviertan, que salgan en la foto, que tenga puro 20. Algunos padres quieren, inclusive, confirmar el orgullo de tener un hijo con una suerte de reconocimiento público, puesto que el éxito de la criatura es el éxito de su crianza.



Quiero saber por qué se sacó 19 y no 20… quiero que se junte con este niño y no con aquél, quiero que lo obligues a comerse toda su comida, quiero que aprenda trombón y no armónica, quiero que sea delantero y no defensa, quiero, quiero, quiero…No quiero que le llamen la atención por decirle idiota al amiguito, es común entre ellos; no quiero cortarle el pelo porque lo tiene lindo; no quiero que le pongan mala nota porque no hizo la tarea porque llevamos al perrito al veterinario; no quiero que lo hagan leer tanto porque se aburre…no quiero, no quiero, no quiero.

Pero qué miedo, llega la adolescencia, y este niño al que se sobreprotegía, al que se tenía bajo la mirada, va a volverse según dicen todos en una suerte de bomba de tiempo: y si no se sabe manejar explotará en el momento preciso (y a la vez, menos indicado). Suele haber una gran solución: empezar a volverse “pata de mi hijo”. Es decir: la criatura pierde un padre, y ¿gana? un amigo. Craso error… el adolescente, YA tiene amigos… los padres jamás podrán serlo. La confusión es facilísima, sentirse amigo de los hijos no es SER amigo de los hijos… Ser el tipo de padres en los que los hijos confían es otra cosa totalmente distinta.... (sigue mañana)

martes, mayo 24, 2011

¿Estamos o no estamos de acuerdo? (de Vida en el Aula)



Uno de los campos más fértiles en donde las discusiones encuentran lugar para divertirse a su antojo es la educación de los hijos. Aquí empiezo de nuevo a entrar en terreno minado y peligroso porque de hecho más de uno se podrá sentir identificado y por ende... ofendido con lo que diga. Lo siento, pero es verdad.

Cuántas veces ha ocurrido que un padre/madre hace algún comentario o da una orden a su hijo/a y su pareja lo mira con cara de total desaprobación, esa mirada que se traduce en : ¿Cómo se te puede ocurrir haber dicho/ hecho tal burrada? U otra que es más común, el hecho de llamar eternamente la atención a los chicos por algo que no es tan grave y la pareja en cuestión te mira como diciendo: ¿No te cansas de jorobar al pobre chico con el mismo tema? o su versión más directa ¿Por qué no lo dejas en paz?

Ahí pues surge el gran problema, se forman los equipos. Uno de los miembros de la pareja es el malo y otro hace migas con la criatura en cuestión.... Una dinámica taaaaaaaaaaaaaaaaaaan familiar, taaaaaaaaaaaaaaaaan común, taaaaaaaaaaaaaaaan cotidiana. No obstante, justamente esa "normalidad" condiciona que tengamos adolescentes confusos, con límites blandos.

Adolescentes que no saben que un NO es un NO. Adolescentes que resientan la autoridad de sus propios padres. A ello, podemos agregarle lo que una gran amiga me comentaba que la relación de pareja se resiente porque estamos diciendo todo el día "tú haces tal y tú no haces cual" (madre y padre, normalmente). Peor aún, si los padres viven separados, ocurre que a veces (ojo que no estoy generalizando ni prejuzgando) el que vive con la criatura (y generalemente educa) es el malo de la película y otro, el que visita es el permisivo, el cariñoso...

La educación de los hijos termina siendo un problema de muchas aristas, pues cada miembro de la pareja cree tener la fórmula perfecta que se basa en esta premisa: a mí me criaron así y no salí muy mal que digamos.... Y no nos damos cuenta de que salimos con más defectos de los que somos capaces de aceptar y queremos repetir el mismo modelo en nuestros hijos pensando que es el mejor...y así surge la imagen de unos padres tirando la carreta para cada lado y convirtiendo a los chicos en una suerte de Túpac Amaru...

Hay que hacer el intento de calibrar nuestras brújulas, y que ambas (la de padre y madre) se dirijan al mismo Norte, pues que estas se orienten con una dirección personal y quizás opuesta es un gran peligro.

lunes, abril 25, 2011

¡Viva Barney! (de Vida en el aula)


Hay límites que definitivamente cuesta establecer, y no estoy hablando de límites de disciplina ni de nada que se le parezca. Límites que son casi invisibles, límites que se confunden con el deber y el amor. Esos límites son bien confusos para quienes somos padres, porque me queda claro una vez y otra vez: somos, en una gran parte, artífices de lo que nuestros hijos muestran en el día a día. Una de las cosas que me llama la atención hace años, por ejemplo, es la falta de cortesía de los chicos. Ceder asiento, dejar pasar al adulto primero, saludar, decir gracias, pedir por favor. Las reglas básicas de convivencia, que no tiene por qué llegar a los niveles de nuestro recordado Carreño van desapareciendo para dejar lugar a la prepotencia y malacrianza (gran palabra, por cierto). Llama la atención ahora, esos detalles de alumnos que saben decir: buenos días y gracias. Detalle que el otro día señalaba una colega: ¿alguna vez han contado cuántos alumnos los saludan cuando se cruzan en la mañana con ustedes en el patio? Reflexión inmediata: saludarán a sus padres al levantarse, al acostarse, agradecerán el desayuno en casa, a quien les ordena el cuarto, el regalo, el dinero.... No... tenemos una generación que EN SU MAYORIA sienten que se lo merecen todo, que aquello que tiene cae del cielo y por tanto... no tiene valor. Del mismo modo, tampoco entonces tienen valor aquellas personas que están aldedor suyo y que merecen ciertas actitudes de cortesía mínima. En el grupo social al que pertenece un gran grupo de ustedes, lectores, recordamos todavía las lecciones de Barney y sus "good manners"... y seguramente insistimos mucho en que nuestros hijos replicaran como letanías el por favor, el gracias y los buenos días... Y seguramente, los que leen esto no tienen problemas con sus hijos en esos aspectos... ¿Cómo haríamos? Porque de hecho, Carreño y de paso Frida Holler se cortarían las venas...