
Sin embargo, anoche la idea me volvió a la cabeza y decidí sacar de nuevo a la luz el tema pues es valioso y no deja de ser un terreno muy fértil para pensar.
Amigos y amigas REALES, tengo pocos. Pues durante mi recorrido por la vida me he ido dando cuenta que menos es más. Hay personas que se jactan de ser amigueras y creo que terminan confundiendo ese término con la palabra sociable. Uno puede conocer un montón de gente, conversar con varias personas, pero encontrar a alguien en quien puedas CONFIAR: sucede pocas veces.
Es cierto que con todos tus amigos no conversas de lo mismo, que no a todos les cuentas las mismas cosas, que no todos están dispuestos a aguantarte y a muy pocos les aguantas que te digan las cosas que te mereces cuando te lo mereces –eso es lo más difícil pues hay que tener mucho valor para “putear” a un amigo y más para aceptar la “puteada” sin romper el vínculo-.
Tengo MARAVILLOSOS (SUPER-HIPER) amigos. Aquellos que en momentos cruciales de mi vida han estado escuchando mi rollo, analizando conmigo situaciones conflictivas, advirtiéndome del peligro de algunas, recogiendo mis pedazos cuando me he quebrado, descubriendo mi lado oscuro… y no se han ido. ¿Qué más puedo pedirle a la vida?
Es cierto que uno va perdiendo muchos amigos en el camino, por muchas razones y también va descubriendo otros que no esperaba. Es la dinámica más humana que existe pues somos seres cambiantes, felizmente.
Tengo amigos y amigas como los golpes de la vida, son pocos pero SON. Los tengo en distintos tamaños, distintos géneros y distintas edades. De cada uno tomo un pedacito para aprender a ser o no ser. Y todos saben que es recíproco, porque una de las relaciones humanas que se basa en el “ida y vuelta” es precisamente la amistad. Es un pacto tácito, sobrentendido, un pacto que no exige nada justamente porque el vínculo que se establece no lo necesita.